Las familias de la contingencia

La familia Marín

Las abuelas están para consentir, no para educar. Eso es lo que dice Tina mientras voltea a ver a sus dos nietos, Fernando (11 años) e Isabella (6 años), con ojos llenos de cariño. Karen, la mamá de estos últimos, no está muy de acuerdo, pero no le queda de otra, ya que Tina es quien los cuida entre semana mientras ella trabaja. Los fines de semana es otra historia, porque sus hijos casi siempre se van con su papá.

Karen intenta educar a sus hijos de una manera muy particular. Ambos toman clases de filosofía, leen libros, ven tutoriales y son aplicados. Fernando es más tranquilo, de hecho, la contingencia no le ha afectado tanto porque disfruta quedarse en casa haciendo sus cosas. Isabella, al contrario, hace berrinches porque quiere jugar con sus amigas. Está muy enojada con el coronavirus.

Karen está enojada con el coronavirus porque había pensado que este año iba a poder comenzar el proyecto de hacerse una casa, en una zona alejada de la urbanización, poner un huerto y que funcionara como una cabaña para ella y sus hijos. Esto va a tener que esperar. Lo bueno es que no ha tenido que hacer uso emergente del dinero que tiene en una cuenta de ahorros. No tiene créditos ni otro tipo de tarjetas. Ella recibe una pensión del papá de sus hijos y su salario por parte de la empresa de periodismo en donde trabaja. Tina también recibe una pensión, pero de Sedesol. Ella tampoco tiene otras herramientas financieras más que sus otros hijos, quienes religiosamente le pasan su dinerito.

Tina siente que, si entre su dinero y el de Karen no fuera suficiente, primero regresaría a su trabajo de costura, no solo porque lo considera noble sino porque siempre consiguió recursos con él. Luego empeñaría sus joyas. Tan solo tiene un anillo por el que ya le han dado cinco mil pesos en el pasado. En su clóset hay cosas de Cartier, un reloj Mido y otras joyas que podría vender sin problemas.

Lo que realmente le preocupa es su mejor amiga, porque tiene diabetes. Habla con ella todos los días y las dos piensan que es mejor ni salir al tianguis. Por eso, Karen se ha encargado de las compras de despensa y de los pagos de servicios. En las tardes, cuando los niños ya acabaron sus tareas, ellas se sientan a ver alguna serie o la televisión. Como ver noticias nada más las hace enojar, han decidido buscar otros contenidos. Así llegaron a adn40: pensaban que era un canal aburrido pero un día encontraron un programa sobre un museo y lo dejaron hasta que se dieron cuenta que ahí casi ni hablaban de la pandemia y que tenía cosas interesantes, como para distraerse conociendo.

La cantidad de groserías que dice Tina y su manera de hablar podrían hacer pensar a cualquiera que es una mujer muy fuerte. Y a pesar de que lo es, algunos días Karen la ha encontrado llorando. Por miedo, dice Tina, que le vaya a pasar algo. Esto y el momento en que Isabella le pidió ayuda para manejar su bicicleta dentro de la casa, son la forma en que Karen resume su experiencia estos últimos meses.