Las familias de la contingencia

La familia Ramos

Xalapa

V

v

Una de las cosas que más le gusta a la señora Ana de su casa es que, si guarda silencio en la mañana, escucha a las garzas cantar. En el pasado no era así porque lo que hoy es un río antes era un desecho de aguas negras. Esta y otras historias les cuenta a sus nietas: Fernanda de 23 años y Anita de 25. La señora Ana tiene el apoyo para personas mayores de los programas de bienestar y con eso ayuda a las compras de despensa del hogar, que normalmente se hacen en el mercado municipal, en el Chedraui y en el Bodega Aurrera.

Estela y Juan son los papás de las nietas: ella siempre ha sido ama de casa y él es abonero de una mueblería. Por su labor conoce cómo funcionan los financiamientos ya que a sus clientes les vende muebles y ellos le van pagando cada semana. Él cuenta con un crédito con un banco y para su chamba se mueve en una moto que pagó con el dinero que su hija Ana sacó de su banco; les queda ya poco tiempo terminar de pagar. Ana también tiene una motoneta, pero ella la compró de contado con una promoción en la tienda. Estela también cuenta con un crédito “chiquito” el cual usa para comprar insumos cuando vende sobre pedido los fines de semana. Ese negocio ahorita está completamente detenido.

Se habían prometido como familia intentar gastar sólo en lo indispensable. De hecho, se consideran buenos administradores de sus dineros y conscientes en términos de consumo. Pero cuando empezaron a avisar de las fases y luego de la nueva normalidad y luego vieron que la contingencia se alargaría, tal vez, hasta después de junio, decidieron salir al mercado el sábado pasado, comprar epazote criollo, rábano, chiles y piezas de pollo para hacer un pozole. Se les pegaron algunos gustitos y a las hermanas les dio por comprarse un set de maquillajes. Eso sí: se dieron cuenta que los precios están mucho más arriba de lo normal. Claro que lo entienden, todos están buscando generar más ingresos, pero una cosa es eso y otra cosa es abusar.

Sobre eso y otras cosas platicaron mientras se comían su pozole. También hablaron del futuro y de lo que vislumbran como escenarios posibles. La señora Ana dice que ahora ve más lejana la oportunidad de tener bisnietos mientras se ríe y voltea a ver a Fer y a Anita. Ellas lo que quieren es ir a la playa y relajarse juntas. Estela y Juan reflexionan sobre si valdría la pena retomar el negocio de comida y poner un restaurante o entregas a domicilio o, por qué no, asociarse con algún familiar y poner varias sucursales por la zona. Lo importante es no tener intermediarios: trabajar por uno y para uno.

Mientras a Fer le da flojera meterse a sus clases en línea, Anita prueba filtros de Instagram. Estela voltea a ver a Juan y piensan que han hecho bien educando a sus hijas: son muy unidas y siempre podrán contar la una con la otra. La señora Ana seguirá escuchando a las garzas…