Las familias de la contingencia

La familia Méndez

Su vida oscila entre dos localidades chiapanecas: Teopisca y Huixtán. En la primera, Horacio, el papá, trabaja como maestro de una primaria indígena y se dedica a la compraventa de terrenos. Manuela, la mamá, es ama de casa y junto con Ruth, su hija de 19 años, hace y vende tejidos al tiempo que le pide retomar sus estudios ya que decidió salirse y enfocarse en su club de teatro. Por su parte, el otro Horacio, el hermano menor, sigue haciendo sus tareas para mantenerse como uno de los alumnos más destacados de la secundaria a pesar de no ir a clases por la cuarentena. En su rancho de Huixtán todos siembran maíz, frijol, hortalizas y cuidan a sus vacas. En la cabaña donde descansan los fines de semana ahora viven los abuelos, Antonio y Juana, quienes desde que se anunció la fase II decidieron quedarse ahí, pues piensan que es más difícil que les llegue el virus. Además, todo es más barato. 

Ante la contingencia, Manuela es quien más reflexiona sobre lo apegadas que son las personas de Teopisca a sus tradiciones ya que la iglesia los recibe religiosamente todos los días y antes de cada misa platican, se abrazan y se apapachan. Asegura que es algo que caracteriza a la comunidad y que, por lo mismo, Susana Distancia ha sido lo más difícil de llevar a cabo. Ahora la misa se ha reducido a 25 personas con el riesgo de pararlas por completo y ya ni pueden saludarse o recibir visitas en sus casas. A esto se suma que en Teopisca y sus comunidades vecinas mucha de la población es indígena y ellos, antes que preocuparse por comprar gel antibacterial, se preocupan por comprar comida. 

Papá Horacio es el más angustiado por el virus, primero porque vio a sus alumnos muy asustados y a sus padres preocupados porque gastaron para un festival escolar que ahora ya no se podrá llevar a cabo. Segundo porque de toda la familia es quien recibe mensajes de WhatsApp tanto de la situación que vive España como de lo poco preparados que están los hospitales de México para afrontar este problema. Además de que Manuela, aun con el riesgo que implica su diabetes, sigue yendo al mercado a vender las verduras que cosecha. Él piensa que lo peor viene después de la cuarentena porque sus clientes, a quienes ya les vendió terrenos, le están pidiendo flexibilidad de pago, el maíz escasea y todo está subiendo de precio. 

A esto se suma el miedo que hay en la localidad de un posible desabasto de comida y que se enfermen y tengan que gastar en hospitales y traslados. Por esta razón es que comienzan a considerar todas las opciones que sirvan para complementar la quincena de Horacio, ya sea desde vender el terreno y las vacas, hacer trueque con sus costales de maíz y frijol, seguir vendiendo los tejidos y las verduras, hasta pedir préstamos en su banco o en cajas populares, pero consideran que todo debe hacerse a su tiempo y conforme vayan viendo que la situación avance.

Eso sí, saben que lo más importante es mantenerse saludables y esto depende de comer bien y rico, de compartir las tareas del hogar para que Manuela descanse y de pasar más tiempo juntos viendo películas. Y a pesar de que sus vacaciones a Tijuana se cancelaron, saben que podrán salir de esta y que desde sus posibilidades tratarán de ayudar a su comunidad.