Las familias de la contingencia

La familia Rivera

Son 12 en la familia. Cada quien en su casa, pero todos en el mismo predio. Acostumbran a estar juntos y antes de la cuarentena era obligatorio cenar los domingos reunidos. La pandemia ha ocasionado que estas reuniones disminuyan hasta el punto en que llegan a pasar días sin verse más que por videollamada. Han tenido que cancelar todas las fiestas familiares de abril y hasta el viaje a la Ciudad de México que se había planeado para mayo.

En San Agustín Etla, Oaxaca, las medidas preventivas comenzaron desde el 20 de marzo. Lo primero que alarmó a la familia Rivera fue cuando cerraron los balnearios y las iglesias, entonces decidieron “guardarse en casa”. Las visitas a la ciudad de Oaxaca eran constantes para pagar los servicios, comprar la despensa o salir a dar la vuelta, pero ahora esos paseos familiares sólo se hacen en el campo que rodea la casa y eso para que los niños puedan correr y sacudirse un poco la aburrición. Los abuelos Antonio y María son a quienes más cuidado se les ha puesto. Que ya no salgan para nada y que no vayan a Oaxaca han sido las indicaciones. Sin embargo, Antonio se escapó un día para dar la vuelta en el centro, pero los policías se lo impidieron y tuvo que volver a casa.

Juan, Mari y sus dos hijos han ido transformando su vida semana a semana. Juan es herrero y por precaución ha cancelado más de 3 trabajos que implicaban viajar al istmo o a la ciudad. Mari vende queso y durante estas fechas sus ventas han aumentado mucho, actualmente ya les pide a sus clientes que vayan a su casa para evitar salir, afortunadamente han aceptado y sigue con buenos números. Una de las noticias que más les afectó fue que despidieran a su hija Dulce de la zapatería en donde trabajaba. Sólo le dieron 220 pesos de liquidación y, claro, esto generó una gran indignación familiar. Actualmente sigue buscando trabajo. Cada vez lo ve más complicado.

En el caso de Cecilia y Silvestre, las cosas aún no se agravan tanto porque trabajan en dependencia gubernamental y siguen recibiendo su sueldo. Lo más difícil ha sido mantener a sus hijos ocupados y aplicados en la escuela: les preocupa que se pierdan el ciclo escolar. Por su parte, Mario y Flor habían estado tranquilos hasta que, en la planta de PEMEX donde trabaja Mario, se comenzaron a escuchar rumores de despidos, por lo tanto, están preocupados y en espera de que no le toque.

A pesar de la incertidumbre que se respira en el predio Rivera, lo que logra mantenerlos tranquilos es que tienen árboles frutales, gallinas y quesos. La comida no se ha considerado problema, pero está prohibido desperdiciar y para abastecerse van a comprar costales de maíz y frijol y los reparten entre todos.

Hoy, temen a los asaltos y a que las personas sigan saliendo de casa a pesar de ya tener a la policía en las calles. También el dinero comienza a ser preocupación aunada a la incertidumbre de lo que va a suceder cuando el virus alcance a la comunidad. Muchos migrantes han regresado y existe la orden de avisar sobre esto a la regiduría de salud con la finalidad de evitar contagios. Ellos hablan seguido con su familia de EUA y les asusta pensar que así se pongan las cosas en México.