La familia Zamora
No se puede estar seguro de qué hora es porque los días anteriores han sido muy similares a hoy, pero la familia Zamora, un matrimonio consolidado, ha acabado de comer. Álvaro, de 64 años, agarra su tableta y empieza a jugar The Room, un juego donde tiene que encontrar pistas y resolver misterios. Lo acaba de descargar porque su hijo se lo recomendó. Tal vez no se ha dado cuenta, pero su juego es una alegoría de lo que está viviendo junto con su esposa Alin, de 67 años, durante la contingencia.
Desde la Ciudad de México han seguido las noticias por la televisión. Ven todas las conferencias y son grandes detectores de fake news. Piensan que hay que acatar las órdenes del gobierno y que hay que hacer caso de lo que dice el presidente, pues él tiene más información que cualquiera de nosotros. Álvaro es economista y la información que él tiene es más de carácter técnico. Coincide con la mayoría de los especialistas: la recesión será pesada y recuperarse del golpe económico será muy difícil. Él piensa en la gente que no tiene con qué vivir. Al menos ellos están jubilados y Alin sigue dando terapia a través de la computadora. “Como la mayoría, tendremos que amarrarnos el cinturón durante un buen rato y ver qué queda en pie cuando pase esto”.
Cerca del sillón hay una careta de plástico. Su hijo se las llevó la última vez con la indicación que solo la usarán cuando fuera necesario salir de casa por alguna emergencia. Se las compró en un semáforo mientras iba a su casa. Es que tanto Álvaro como Alin son población de riesgo, por la edad y por la hipertensión. En ese mismo sillón se sientan a leer novelas de todo tipo. En ese mismo sillón ven la televisión. En ese mismo sillón piensan que lo más inquietante es la percepción del “otro”. Creen que las formas de convivencia provocadas por el coronavirus han convertido a las personas en amenazas y que, si la sensación de peligro e inseguridad ya eran patentes, esto ha venido a potencializar dicha percepción.
Para definir a esta familia basta una palabra: equilibrio. Se sienten y viven en el centro de las cosas, sin hacerse mucho para un lado ni para el otro. Por eso llevan buenas cuentas de su dinero, saben qué tienen que pagar y evitan sobresaltos. Cada decisión es como una pista para resolver esta problemática que están viviendo. Sin embargo, uno de los lujos que pueden darse, además del de vivir de su pasado, es poder preocuparse por los demás. De pronto, reflexionar en cómo esto se vive en otros hogares no solo los hace más sensibles, también los hace más privilegiados. ![]()





