Las familias de la contingencia

La familia Mendoza

De un momento a otro se puede escuchar a Laura cantando a todo pulmón. Puede ser porque está practicando, porque está escuchando música o simplemente porque se levantó de buen humor. Ella tiene 32 años y una hija que se llama Layla. Vive con Doña Lau, su madre de 54 años, y con Daniela, su hermana de 27. Las tres mujeres tenían sus trabajos estables cuando la contingencia inició. Ahora solo Doña Lau mantiene su labor como maestra de prescolar a nivel federal. Para ella, la contingencia ha representado el doble de trabajo porque tiene que estar al pendiente de subir los archivos a la red, preparar las clases en línea y encargarse de los trámites administrativos de sus alumnos. Esto sin contar la elaboración de un nuevo plan de estudios que atienda los cambios provocados por el COVID-19.

Después de cincuenta días con salidas mínimas para atender lo necesario, Daniela y Laura rompieron su aislamiento. Tal vez fue la desesperación, tal vez fueron las ganas o quizá mayo trajo nuevas reglas, el chiste es que Daniela se fue a comer con su novio a pesar de que se perdió una sesión del seminario que está tomando. Laura se fue a comprar cosas al centro y a pasear. Es curioso, mientras que varios de sus amigos con los que cantaba en bares y eventos se han subido a cantar a los camiones para conseguir algo más de dinero, Laura los prefiere evitar a toda costa porque piensa que ahí contagiarse es bien fácil. Por eso se fue caminando todo el trayecto.

Laura está preocupada por Layla, porque la siente triste. Cree que necesitará clases de regularización, pero eso implicaría dinero y ahorita, sin trabajo, se ve complicado. Quisiera poner un negocio propio, pero no tiene el capital para arrancar por lo que piensa buscar un trabajo que le dé prestaciones y estabilidad. Antes de la pandemia, ella no pensaba así.

No suelen ver muchas noticias, pero consideran que están bien informadas tanto por lo que ven en redes sociales como por lo que se comparten con sus amigos y familiares. De esta manera, han pensado en algunos posibles escenarios para ir rescatando su vida pasada, esa que parece tan lejana. Sin embargo, no hay muchas opciones. Por ejemplo, Daniela y Laura creen que no podrían pedir préstamos o créditos porque no tienen manera de comprobar ingresos, así que ven poco probable esa solución. Solo Doña Laura cuenta con la tarjeta de débito en la que le depositan su sueldo.

Doña Laura también sigue vistiéndose como solía hacerlo en sus días de trabajo. Un poco por costumbre, un poco porque le gusta verse formal y un poco porque es la manera de sentir que las cosas no han cambiado. Sin embargo, sus hijas han optado por usar ropa holgada, cómoda y, cuando se puede, quedarse en pijama hasta la hora del baño. Las tres, además de Layla, han vivido esta contingencia de manera distinta. Sin embargo, todas ayudan en el quehacer del hogar, todas buscan animarse diario y todas festejaron el Día de las Madres con una comida que prepararon. Prefirieron no comprar regalos para ahorrar y porque quieren dejar de ser tan “consumistas”.