Cronología de la ausencia

Semana 7

  • 12. Repercusión

    ¿Qué sucedió?

    Con la nueva cotidianidad las familias empezaron a tener en mente las consecuencias próximas y futuras de la pandemia. Desde aspectos simples, como el  10 de mayo, el regreso a clases y la incorporación al trabajo, hasta aspectos complejos, como la crisis económica, el alza de precios en productos y servicios y el esfuerzo por mantener el empleo o encontrar uno nuevo. Y aun cuando el escenario no era tan claro, se empezaron a considerar acciones que se pueden hacer cotidianamente para asegurar – aunque sea un poco— el futuro que llegará; se realizan compras que rindan para toda la familia, se sigue guardando dinero, se empiezan a pensar planes de emprendimiento o de un segundo empleo.

    ¿Qué faltaba?

    Asumir que este evento mundial es verdad y que sus consecuencias sobrepasan la enfermedad. Faltaba vivir los efectos del encierro y las semanas de resguardo oficial; frente a ello, empezó a hacerse explícito la existencia de miedos individuales sobre lo que puede ocurrir. Más que un temor que arrincona se volvió una respuesta objetiva sobre la realidad, debido a que el colectivo se organizó y ahora puede dirigir la mirada a lo que cada uno aporta o podrá aportar en un futuro. A su vez, se mantiene la incertidumbre, porque el exterior evidencia que no hay pausa ni suspensión, sino evolución.

  • 11. Espejeo

    ¿Qué sucedió?

    Al volverse cada vez más cercana la ola de contagios, las problemáticas en las localidades y la clausura de servicios de comercio, las familias evaluaron con más precisión sus acciones y las acciones de los otros, principalmente para contener la distancia con el virus y reforzar sus capacidades como individuos y como grupo. Lo que “tienen hoy” se volvió la medida con la que evaluan su capacidad de acción y las posibilidades de cubrir sus necesidades frente a otros que “están peor”. El “otro”, sea vecino, amigo o desconocido se convirtió en un termómetro del ambiente y el bienestar.

    ¿Qué faltaba?

    Reconocer las capacidades con que contaban las familias y asumir que no todo estaba del lado oficial-institucional. Las personas necesitaban dimensionar la vulnerabilidad “del otro” y darse cuenta que ellos todavía tienen herramientas económicas y sociales. Esta percepción también va de la mano con el control sobre la información, no solamente del virus sino de lo que está pasando y sucediendo a nivel cotidiano en sus localidades. Se necesitaba observar si los comercios y mercados seguirían abiertos, si los tianguis conservarían sus mercancías, si los dueños de negocios tendrían horarios extendidos o servicio a domicilio, si los bancos estarán abiertos para sacar dinero, etc. 

  • 10. Entereza

    ¿Qué sucedió?

    Las personas tienen claro que —aunque no guste— la cuarentena no tiene fecha definida para su fin y se han adaptado a vivir con ello. Sin embargo, en la búsqueda de ver más cerca el final, la regla es mantenerse y no arriesgarse ni en salud ni en lo financiero. Se han reorganizado los consumos y su clasificación es simple: lo esencial y lo que no lo es. Esto se define a partir del objetivo principal que es no perder el temple y así mantener lo material y emocional dentro del hogar, desde Netflix para estar todos entretenidos hasta no comprarse alguna prenda de vestir para no desbalancear el presupuesto.

    ¿Qué faltaba?

    Que en los contextos cercanos hubiera evidencias de casos y muertes y que las instituciones oficiales ejercieran acciones más estrictas. Esto obligó a que la población reflexionara sobre su consumo y cuidado debido a que el anhelo es poder mantenerse sanos corporal y mentalmente. Además, como circunstancia del hartazgo por la falta de novedad informativa, las familias empezaron a conectarse con su entorno para poder tener mayor control cotidiano y rutinas que no fueran definidas por los medios.

  • 9. Adecuación

    ¿Qué sucedió?

    Ante los continuos cambios y los posibles ajustes futuros que prospectan las familias, éstas han tenido que volver a apropiarse de su entorno y sus capacidades. Adecuarse se convierte en una obligación para plantear soluciones, tales como administrar consumos esenciales, gastar el dinero de forma productiva, comprar y apoyar a la comunidad, así como informarse sobre las rutas de transporte, nuevos servicios de los negocios, así como los protocolos de seguridad en bancos o supermercados. Detrás de la resignación por la extensión de la cuarentena, las personas generan una consigna de estrategias para no quedarse sin opciones y mantener lo cotidiano. 


    ¿Qué faltaba?

    Faltaba un ajuste social de las familias para entender, asimilar y actuar la contingencia en el exterior. La casa quedó bajó control, pero quienes tienen que salir necesitaban consolidar soluciones para visualizar un margen de maniobra: ayudarse de los hijos para usar los servicios digitales; mantener herramientas financieras y poder visitar sucursales bancarias; ver oportunidades de ingreso animándose a emprender algo pequeño. Todo se pensaba para tener equilibrio y asegurar unos días más de estabilidad.