Trepidación social y emocional
Con los ajustes a la cotidianidad, los esfuerzos de las personas no sólo serán protocolarios sino también emocionales: prever el ánimo y su salud será una fotografía que no puede ignorarse.

Cuando Ana llega a casa después de trabajar en la Central de Abasto, lo primero que hace es lavarse las manos. Ahora ya tiene una barra de jabón y una toalla separada de los demás familiares. De inmediato se va a bañar y deja su ropa en un depósito no compartido. Todo parece estar bajo control, menos sus emociones porque en las últimas semanas, una labor positiva como salir a trabajar para mantener el hogar, ha manifestado una sensación de incomodidad. Con la noticia de reintegración económica, comenta que su familia está intranquila, no sólo por la seguridad de ella, sino por la exposición que los miembros de casa le reclaman al ponerlos en riesgo. No cabe duda de que sentirse vulnerable en este momento es una condición cuasi común y personal y que, a su vez, fisura relaciones socio afectivas. Ana siente que apesta a donde va y con la gente a quien se acerca.
La vulnerabilidad se vive en distintas escalas. Las personas se han visto afectadas anímicamente porque detallan las consecuencias del virus en sus círculos cercanos. Han notado que los empleos se pierden y con ellos sus amigos y también la sensación de seguridad para conservar su trabajo; la familia palidece por los ritmos de trabajo y los sitios que se frecuentan. Se nota que las deudas crecen y los insumos encarecen, situación que, para clientes o vendedores, afecta en sus comisiones y ventas. Los clientes se van y cambian lealtades por algunos pesos. La gente se siente encapsulada consigo misma y las preocupaciones que en lugar de desaparecer, comienzan a vislumbrarse en tiempo largo, pues la crisis apenas comienza.
Y es que, escondido detrás del romanticismo y la positividad de estar sobreviviendo a la crisis sanitaria, está escondido el temor disfrazado de fortaleza. Mientras se esperaba recuperar la cotidianidad – vieja amiga de la zona de confort sin cambio— no se esperaba que la energía para enfrentar la cuarentena y su retorno fuera tan fuerte. Las decisiones y acciones cotidianas rebotan arriba y abajo en cada persona previendo la posibilidad de daño y la finitud del bienestar porque difícilmente se piensa en una recuperación equilibrada en lo económico, lo social y lo emocional.
Para los trabajadores de la CEDA, sentirse susceptibles ante las condiciones previstas será la “normalidad” de los meses que le faltan al año. Se dicen empleados y por tanto reemplazables. Esa dimensión para ellos es importante tenerla clara porque los coloca en un marco de autoexigencia que sólo los desgastará más en su humor, herramienta que se está oxidando por querer tapar las fugas entre la familia, el empleo, los compañeros y los sentimientos personales que parecen no se podrán atender porque el chiste ahora es aguantar. De ese modo, la vulnerabilidad es un foco por atender en las distintas esferas de la vida social y laboral cambiante porque no sólo remarcará las capacidades de las personas, sino el reconocimiento de los vínculos reales, efectivos y empáticos entre todos: seas amigo, pareja, compañero, patrón, empresa o tú mismo.

En sus palabras
Llego a mi casa a ponerme un montón de gel, me baño y echo mi ropa en un bote especial. Ya todo está separado, mi jabón, mi toalla. Mi familia también me ha ido haciendo a un ladito. No sé si es molesto, pero te agota. Yo lo hago porque el virus sí existe, pero en casa es raro que hagas cosas y te cuestionen. Por todos lados se pasan de lanza, la gente te ve feo, la familia también se aleja y tú te sientes mal. Haces cosas a las que no estás acostumbrada y sientes como que apestas en muchos lados.
Ana, 38 años, vendedora en mostrador en negocio de abarrotes
La economía va a estar más difícil, mucha gente desempleada. Tenemos que esperar el golpe más fuerte todavía, lo de la enfermedad siempre lo ha habido, pero lo económico va a venir a arrastrar a muchos. Muchos harán como que no se ve, pero ya lo estamos cargando. En nuestro trabajo ya no nos van a regresar a todo el personal a trabajar. Y no se diga que tampoco regresarán todos a las oficinas. Unos ya van a trabajar en definitiva en casa. Hay cosas buenas y otras malas, pero también van a modificar los salarios, puros cuentos. El patrón se ahorra una lana porque dejan de gastar en muchas cosas, pero no es justo que su ahorro también nos pegue porque nosotros seguiremos haciendo el mismo trabajo. Pero ya veremos, ya están comenzando las trampas en los trabajos.
Ismael, 36 años, prevendedor en empresa de medicamentos
No se puede regresar a como era antes, no podemos volver a ser las personas que éramos antes. Debemos seguir de otras formas porque ahora nos sentimos vulnerables. No nos tratamos igual. No nos vemos igual. No nos frecuentamos igual. Hasta comprar ha cambiado. Yo antes venía más y ahora tuve que venir en otro día y hora. Vengo menos y me organizo más. Son cosas buenas, pero antes le echaba más ojo a las ofertas y precios, ahora sólo veo una vez por semana.
Emilia, 49 años, clienta y dueña de tienda de abarrotes
Todo está más feo, las lonas te dan más miedo. Ver que es zona de alto contagio sí te pega más. Salimos por necesidad, pero ahora no estamos preparados para incorporarnos. Nos acoplamos para estar guardados y ahora tenemos que acoplarnos para salir, pero con miedo está más difícil la cosa. Yo pues he estado fuera y ahora que hay más movimiento uno se siente bien extraño. Como te explico, ¿has visto como se repelen los imanes cuando los quieres juntar del mismo lado? Así, como que te repeles solito.
Carlos, 27 años, prevendedor de productos sazonadores
Está generándose un ambiente de mucho miedo, todos andamos asustados. Están atendiendo el rollo económico, el rollo de salud, pero poco están atendiendo el rollo psicológico. Todos estamos espantados y más ahorita. Queríamos ya salir, pero ahora que salimos y que no se ha acabado esto, se puso más tenso todo. Al menos yo me siento muy incómodo ahora que veo más gente acá en la central. Mírame, vengo bien forrado.
Gregorio, 55 años, cliente y dueño de tienda de materias primas
