Abran paso, ¡va el golpe!,
¡ahí les va el coronavirus!
En la Central de Abastos de la CDMX hay más cubrebocas, más dudas y en el mar de incertidumbre la gente empieza a prevenir desde su trinchera.
El mexicano dice que el tiempo pasa volando y parece que es verdad. En una semana la percepción sobre el Coronavirus se transformó en la Central de Abastos. Detrás quedaron los mitos políticos, como el chupacabras y la influenza del 2009; el virus se volvió un fenómeno que se asume como real, aunque no tan grave como la pintan. Las personas consideran que los medios de comunicación exageran el problema y generan pánico, sin embargo, ante las dudas, portan cubrebocas, se colocan guantes y se saludan sin tener contacto.
Y aunque la prevención se porta en accesorios, no es el virus la preocupación que cargan los rostros de las personas y los escenarios que proyectan. Es la crisis lo que les inquieta y atemoriza. Situación que ya comenzó a sentirse con la ausencia de clientes, el cambio de ritmo de vida y que se explica como una conspiración que pone en el frente de la historia, una guerra comercial y política entre Estados Unidos y China. Ambos peleadores de una nueva ficción-realidad que ha restado hasta el 40% de las ventas que día con día entran a los corredores de la central.
Clientes y comerciantes temen más a las consecuencias económicas que dejará el virus. Las que pueden adaptar en su realidad cotidiana y las que deben prevenir y resistir. Ellos no pueden dejar su negocio ni abandonar a los clientes que todavía los visitan, porque aun no creyendo en la emergencia de salud, la vida más costosa es la de los platos de comida que llevan a sus familias, los servicios que entretienen a los niños en el hogar y el pago de deudas que permanecen.

También hay sorpresa, porque hay días donde todo parece “más normal”. Aparece la gente pero no son los clientes habituales. Son familias que han decidido acudir a la central de abastos para hacer sus compras de prevención y administrar sus ingresos. Llegan en grupo coordinados con sus cubrebocas, tal como paseo dominical. Pasan jalando los carritos del mercado, pequeños, con mercancía para los días que vienen. Son menos monumentales que los diablos que pasan chiflando mientras corren. Y como si fuera una profecía, un diablero grita a la gente: Abran paso, ¡va el golpe!, ¡ahí les va el coronavirus!
Un encierro de treinta días no es imaginable, lo consideran poco viable, desastroso y no muy bueno para la familia: tanto tiempo juntos no es sano. Además, ven que el presidente continúa con su vida entre mañaneras y viajes. Que lo siga haciendo también les da un poco de tranquilidad, porque si alguien de su importancia no se guarda significa que el problema no es tan grave. Incluso se considera que esa estrategia es adecuada para que la gente no tenga temor de seguir con su vida, porque si Andrés Manuel como líder empieza a meter miedo, la gente se va a poner peor. Tendrá más miedo. ![]()

En sus palabras:
A mí me da más miedo la crisis que va a generar el virus. Y luego quieren que estemos encerrados un mes. ¡Para mí sería una locura! Nomás viéndonos los unos a los otros, sin trabajar. No tanto por lo que ganes sino por el sistema que ya has ido teniendo en tu vida. En la central ves más gente diferente, todos están platicando. Y allá con la familia no más platicas una o dos horas, les das un consejo y una plática, pero hasta ahí. Para mí sería aburrido, nada sano. Y más si no hay dinero.
Saúl, 52 años, Comerciante de guantes de uso rudo, Central de Abasto
