Las voluntades comerciales también son humanas

No cabe duda de que la historia contemporánea narra las ilusiones del progreso. Tal idea nació en el siglo XVI como parte de la cultura del renacimiento y más aún, forma parte del resultado de una visión optimista sobre el mundo de aquel siglo y lo que ahora conocemos como modernidad. Sin embargo, vale la pena considerar que este progreso – en días de coronavirus— en realidad es un rostro de la utopía y un espejismo de la armonía social, porque en la narrativa de las personas, éstas sólo logran atinar la historia de su crisis.
En la Central de Abasto las personas enviaron un mensaje a los mexicanos: ser más responsables, ser menos ilusos y echarle ganas. Sobre todo, lo último, y no hay más y tampoco se necesita porque en estas consignas, tal parece que todo lo que corresponde a su presente y su futuro depende de ellos. También depende del vecino, los amigos y la familia, pero no de instituciones, gobiernos o empresas. Es un asunto de personas y ese sentimiento simple es una voluntad asumida y de resistencia; los comerciantes memoran que su ‘progreso’ y logros son resultado de su sacrificio, su resignación y de cargar con el peso muerto de las ausencias y estructuras. Como si el ser mexicano fuera ir en solitario.
Y aunque esta perspectiva parezca pesimista cuando se habla de progreso, la crisis del coronavirus demostró un punto: el destino de las personas y su futuro es volverse un poco insensible y vivir con la muerte, sea carnal, onírica o ideológica. Con la nota de precaución sanitaria pervivió y se cuadró la individualidad, circunstancia que no debe ser olvidada en estos momentos porque de aquí en adelante, el discurso de reparación de daños y de desarrollo social y económico, será el de la persona y quizá en plural, de los mexicanos como sujetos. Como identidad personal.
Y es que la crisis en esta circunstancia no sólo radica en constatar una penuria de recursos y economías, sino que es también una conciencia negra y retozona que habla del agotamiento de la voluntad de ilusiones, porque a diferencia de eventos pasados – al menos en México— la crisis permitía a las personas el moverse y actuar. Ahora, las circunstancias ponen en mutis las ideas de desarrollo y, por tanto, las posibilidades de entender un futuro. De modo que, la practicidad tomará relevancia por sobre la imaginación – al menos por un tiempo—, sobre todo cuando se piensa en discursos de éxito, emprendimiento y proyectos por desarrollar. Principalmente cuando el porvenir propio y familiar dependen de un tercero que marca el ritmo de la vida, sean mercancías, negocios, salarios o empleo.
Por tal motivo, en el mensaje a los mexicanos o, mejor dicho, a sí mismos, silba un sonido brutal y sórdido. Hay penurias y no se imaginan aspectos tangibles, sólo voluntades propias. Porque ahora más que nunca, la realidad de un evento mundial que puso en jaque el antiguo presente, el de antes del coronavirus, exhibió la espontaneidad como la realidad con que se actúa el mundo y nadie estaba preparado para conducir ni pensar en que algo así fuera posible. Y a pesar de ello, los comerciantes hablan de no hundirse en una voluntad para “ponerse chingones” porque en la vida de estos mexicanos “modernos” se marcarán una serie de fracasos y desilusiones que sólo pueden llegar a explotar más rápido: la carrera profesional, la educación, el negocio, el futuro de los hijos, la ausencia de propiedad, la salud, las relaciones personales, las ganancias, los planes y muchas cosas más que hombres, mujeres, clases, poblaciones, tienen la necesidad de atar como una utopía, progreso y post futuro. O, mejor dicho, su normalidad, su experiencia y su finitud.

En sus palabras
Yo creo que la mayoría de los mexicanos se la rifan y la mayoría le está buscando ahorita. No están quedándose cómodos a que les resuelvan y les den palmaditas. Ve aquí no más, hay mucha gente que está viniendo por sus cosas para vender y sacar aunque sea para los gastos de la casa. El mexicano ahora sí que debería rifársela más, no se debe dejar caer porque todos le estamos echando ganas a esto. Vamos a salir adelante, lo sé porque siempre aguantamos y buscamos componer el mal aunque sea poquito.
Martín, 41 años, comerciante de naranjas
Lo bueno de los mexicanos es que no nos achicopalamos tan rápido y las familias como nosotros, que vienen de abajo, somos bien chambeadoras. No sabemos cómo le hacemos, pero nos la ingeniamos para salir adelante. Ojalá Dios quiera que, con el esfuerzo de todos salgamos adelante. Si algo tenemos, son ganas y hambre. Y con hambre se sabe que nadie va a venir ayudarte
Mario, 50 años, empleado en tienda de lácteos y embutidos
Mi trabajo no es para mí, es para mis hijos y mis nietos. Para ellos es la chinga que nos llevamos diario. Yo pensaba que ya estaba del otro lado porque nos iba bien, pero con esta madre [el coronavirus] parece que me voy a tardar más pa’ dejar algo a mi gente.
Juan Carlos, 61 años, comerciante de legumbres
Mucha gente se va a tronar, pero pues eso es lo que nos cargará las pilas otra vez. La gente es la que nos va a sacar adelante. Ver que hay muchos que la están pasando mal te da más energía. Suena triste, pero ahorita una le busca a lo que sea para agarrar fuerzas.
Ofelia, 54 años, comerciante de alimentos preparados

