Comercio en México: Central de abastos CDMX

El ánimo de trabajar

Las ganas de trabajar se han vuelto un espejismo en el que la ausencia de “normalidad” sólo recuerda el bienestar que genera el poder trabajar, pero sobre todo el poder gastar.

Si de algo no se duda es que en la Central de Abastos entra dinero. Todo lo que se quiera vender se puede vender y quien ahí trabaja se rodea de un halo de bienestar y seguridad económica. Así como el dinero llega, también lo hacen las emociones, la convivencia y el ánimo. En días normales no hay preocupación de poder gastar, no se perciben las manos vacías y no se piensa que el próximo fin de semana dejarán de lanzarse, como cartas de póker, los billetes que se comparten con la familia y los amigos. Para eso es el dinero, para gastarse, menciona Carmela quien espera que lleguen sus clientes al negocio de materias primas.

A pocas semanas de que la pandemia latiera en México, el corazón del dinero flaqueó la central. Porque en la ausencia del dinero se ha perdido la esencia de este espacio. No se trata únicamente de la preocupación por un virus, sino de la contingente administración del bienestar y las emociones. Don Javier dice que su vida laboral sigue igual, la rutina de levantarse y abrir su negocio en madrugada permanece, pero su ánimo ha decaído y se ha vuelto apático al observar tanta gente con cubrebocas. Él sabe que la enfermedad es real, sólo se ensimisma en no pensar en ello por las consecuencias futuras que arrastra. El negocio ha dado mucha bonanza a su familia y tranquilidad a sus empleados, pero en un evento que no tiene magnitud en su vida de comerciante, prefiere trabajar para no estar ni sentirse peor cuando el dinero falte más. Tanto trabajar para qué, se pregunta. Para no estar peor, se responde.

En un momento, el trabajar por sobrevivir es algo muy puro y claro. Para no morirse de hambre, expresan las personas, pero también para sentirse bien. En un espacio como es la central, tales circunstancias son evidentes. El lugar no para por el motor de necesidades que permanecen, aun ante la deflación, donde los costos superan el bienestar: trabajar para continuar trabajando o consumir para percibir el bienestar. Hay quienes no ahorran y conservan sus gustos en la despensa; pero también están los que trabajan no sólo por la rutina, sino por la previsión futurista de la crisis. Se trabaja ahora para no preocuparse más cuando todo se ponga peor, si es que se llega a tal extremo. Unos mencionan que se trabaja para sobrevivir, algo que ya habían olvidado entre la bonanza provista por el lugar. El ánimo del trabajo cambió, ya no pueden gastar en el cine, ni salir a bailar, tampoco comprarse ropa. El futuro en la central ha entrado como una premonición del gasto, donde administrarse no sólo es sobrevivir, es tener los incentivos para trabajar y esforzarse y, de manera suplementaria, consumir, comprar y gastar para mantener la certidumbre.