Comercio en México: Central de abastos CDMX

La enfermedad solitaria



La conversación en la Central de Abastos saltó de los padecimientos de la enfermedad a las preocupaciones de muerte y soledad. Anímicamente el hecho cayó como un rayo.

Con el miedo a la recesión del comercio, se asoma el temor a la salud. Y también, a la muerte. En la central tienen claro que el problema es grande y al asumirlo, recuerdan que deben ser precavidos, comentan que necesitan ser positivos ante la mala racha y se encomiendan a su religión.

De los murmullos sobre los compañeros ausentes, la soledad es el gran temor. Tal parece que la enfermedad y el deceso son un tropiezo a las tinieblas, primero por ser un gran hoyo que muestra lo desconocido, y segundo, porque hay temor a encontrarse sólos en un hospital. No se quiere tener una muerte solitaria, incluso va en contra de principios sociales como el valor del cuerpo y la persona. El deceso es un proceso en el cual el moribundo, hasta por definición, se encuentra acompañado y carga en el suceso un papel público en su partida. Y el coronavirus monta todo lo contrario en el imaginario social, porque descoloca y desdibuja – en lo más crítico— al individuo. Lo aleja de los rituales y su paz. De alguna forma niega simbólicamente a la persona entre las cifras del suceso.

Por ello, el miedo a enfermar es proporcional a rifársela todos los días en el trabajo. En la última semana, el despertar y alistarse para llegar a la Central fue un trago amargo porque en la asistencia se pensó en el aumento de probabilidad de contagiar a la familia. Y con tal idea, se sumaron las dudas ante la posible ausencia de un familiar; si falta mamá, el abuelo, el hermano o la esposa, ¿quién tomará su lugar? El paradigma está en no saber o tener la capacidad de asumir las responsabilidades que tomaban las personas; asumir nuevos roles genera expectativas, principalmente en la proveeduría, el liderazgo y la carga emocional del grupo familiar.

Al final, el contagio se asume como una resignación casi voluntaria que se enfrenta como una necesidad debido a que no todos pueden quedarse en casa y aun haciéndolo, no todos pueden hacerlo por mucho tiempo. Esa zozobra ante lo inesperado y lo probable, sólo evidencia las contradicciones sobre el bienestar laboral; por un lado, resguardar la salud para seguir trabajando, y por el otro, la fragilidad de los discursos y los mecanismos que guían el porvenir. Para dar continuidad a la cotidianidad se busca terminar la gran carrera y sentir tranquilidad por recuperar el bendito trabajo, sin el que no se puede vivir.  

Bajo esa óptica, las personas de la central permiten ver cómo arden y se apaciguan las exigencias sociales por sobre los temores más humanos. Tal parece que se camina sobre hielo porque esta pandemia sólo ha mostrado los huecos estructurales de México y los discursos frágiles sobre lo esencial para vivir.

En sus palabras

La verdad no sé a dónde acudir, yo que sepa no han dicho nada. Hay varias lonas, pero no veo nadie ahí, ahora sí que no se ve nadie. No sabemos si sirven. Si uno se enferma no más queda rezar porque no se quiere uno morir solo que es como se están muriendo los del covid.

Vendedor de mostrador, Eduardo, 46 años

Yo hace tres días me fui a descansar porque me ponen unas inyecciones que me dejan todo sonso, sin fuerza pues, pero así como veo hoy, me doy cuenta que volví en un peor momento. Así como se ve, está difícil aquí en la central de abastos porque se ve muy triste. Aunque no se quisiera cerrar, se está cerrando porque ya muchos conocidos se han ido y se han muerto. Entonces en ese caso, no se puede hacer nada. Aquí que nunca para y ahora está parándose.

Encargado de bodega, Gregorio, 57 años

Aquí tengo muchos conocidos que se han muerto. Y hay gente que no creía. Hay unos que se reían de mí cuando traía mi cubrebocas, que era puto me decían. Ese chavo que está atendiendo las salchichas vio a un señor caer y le dijeron que no volviera, que se guardara, pero el señor dijo que estaba bien, que no había comido bien. El señor siguió viniendo y en un cierre en la noche que se desmaya, cayó como tabla y ahí quedó. Eso es lo que me dijeron. Otros según están guardados en su casa porque la temperatura no les baja, pero les dijeron que con reposo van a quedar bien.

Empaquetador y acomodador de tienda de lácteos, Jaime, 34 años

Pues yo me levanto y no hago más que confiar en Dios, que nos de fuerza y también pues tengo que ver que no nos entristezcamos en la casa porque sería peor. Mi familia va a estar hasta que la voluntad de dios quiera. Y si es ahora cuando lo acompañemos, tenemos que aceptarlo. Yo le digo a mi marido que ante todo, hay que estar contentos todos y no enojarnos entre nosotros porque si no esto se vive peor.

Vendedora de mostrador, Rocío, 45 años