La Central de Abasto y la mirada de los otros
Para enfrentar el cambio, no hay más que comenzar a pensar de manera distinta a las personas, sus acciones, sus funciones, sus alcances y los momentos que viven.

Para concebir el contexto actual de las cosas uno debe ser optimista. Sobre todo, cuando se piensa en la globalización que, como sugerencia contemporánea para entender el mundo, sólo atina a ser un espejo frente a otro que de forma trivial no permite observar, sólo reflejar un algo. ¿Y por qué comenzamos hablando de esto? Porque con la contingencia de salud que alcanzó a salpicar el mundo entero, la observación de los problemas y su tratamiento sólo tiene sentido de causa cuando se piensan desde lo local. Contrario a la concepción de lo global donde existe un proceso que anula y deja sin efecto la importancia de las distancias, los espacios, las personas y las relaciones generadas, los espacios locales importan porque desde su pequeña trinchera buscan atender sólo su perímetro y su gente.
Y empero, la visión global del problema actual puede estar nublando notablemente la forma de vida de las personas como ha sucedido desde que arribó la modernidad. Y no se niega tal circunstancia ni su importancia, pero qué pasa en un negocio de cebollas donde la realidad se construye entre bodegas día con día o con un comerciante de quesos que su alcance está en la presencia y la charla continua con sus proveedores. Tal parece que esa otra realidad, la que está cerquita, la que vive entre las bardas de la Central de Abasto es la que importa porque habla de la vida de los comerciantes mexicanos que, aunque muevan millones de pesos, no se creen grandes empresarios, sólo buenos vendedores.
Lo que es más importante, ahora, está sujeto a la cooperación con lo “popular” y el retorno a lo local. El tejer comercio abierto y flexible que no exige políticas ni burocracias, sino que busca una compensación de reconocimiento del otro. Pues en México, queramos o no, ha habido un desenfoque de la importancia del comercio “pequeño”, como el de la central que como espacio mueve muchísimo dinero, pero que, como unidad por comerciante, parece no ser una oportunidad por fortalecer. Se espera que sea el comerciante quien busque y crezca la relación de conveniencia.

De tal manera, la cuestión del actual presente será el comprender pequeños aliados comerciales y los múltiples eslabones que fortalecen esos comercios. Las mil y un tienditas y locales que se unen a la línea de beneficios mercantiles de la central. Por tal motivo, parece relevante pensar en un proceso de observación, recuperación y transformación de la concepción del comerciante. También de su posesión identitaria que es el trabajo y de su razonamiento que implica aun, el patrimonio familiar.
Y es que, en una época de atomización de la vida y pequeños resguardos individuales y colectivos, transformar la imagen y el carácter de las personas debe formar parte de un proceso de asimilación del otro. Sobre todo, cuando ese otro se convirtió en el principal centro de intercambio y consumo de la Ciudad de México y que, a su vez, puede tener todas las de ganar si es que se generan las relaciones correctas para hacer de esos pequeños comercios, medianas empresas que reformen parte del esquema conceptual y los alcances del sector comercial, así como de los aliados comerciales y financieros que se les unan.
En tal sentido, es importante ser conscientes de que el camino puede ser largo, y no del todo fácil en la cooperación, sin embargo, ampliar las bases de participación y de reconocimiento de esos “pequeños comerciantes” sólo será una realidad a partir de procesos más creativos, participativos y fieles porque de nada sirve entender un mundo donde las grandes redes y distancias reemplazan los mercados, la empatía y a las personas y donde la importancia de tener volumen es mayor que la de tejer relaciones porque eso sí, la cultura no siempre se convierte en mercancía.

