El presidente presentó un decálogo con el que busca exhortar a los mexicanos a comenzar la clausura de la pandemia: ¿es el mensaje final que se esperaba?
«Primeramente, ¡oh, hijo!, has de temer a Dios, porque en el temerle está la sabiduría y siendo sabio no podrás errar en nada». Así comienza la serie de consejos que Don Quijote ofrece a Sancho Panza para que pueda gobernar en la ínsula Barataria. El protagonista de esta entrañable historia ve en su escudero a un hombre noble pero falto de recursos intelectuales y morales como para ser capaz de estar al mando de un pueblo y por ello decide darle recomendaciones. Luego de que Don Quijote termina de recitar sus consejos, Sancho los admite como cosas buenas, santas y provechosas, sin embargo, remata con un «pero ¿de qué han de servir si de ninguna me acuerdo?».
Más allá de cuestiones mnemotécnicas, quizá el mayor obstáculo para la interiorización de los consejos dados por Don Quijote era la avidez de Sancho por hacer lo que quería: gobernar. Algo así parece suceder con el “Decálogo para salir del coronavirus y enfrentar la nueva realidad” que dio a conocer López Obrador: hay un mensaje que no alcanza a permear en los mexicanos de la manera en que el mandatario desea, porque lo que están esperando es otra cosa.
El decálogo en cuestión combina elementos axiológicos y morales con vagas recomendaciones sanitarias que, por cierto, constituyen la menor parte del documento. De esta manera aparecen exhortaciones por seguir el camino del optimismo y la espiritualidad, así como de abandonar actitudes egoístas, consumistas y racistas, a lo que se le suma una pizca de información, prevención, ejercicio y buena alimentación. Ante lo visto, un final del tipo “Come frutas y verduras” no hubiera escapado del tono que tiene el comunicado.
Los consejos establecidos en el decálogo son un manifiesto de principios que ante lo que hoy se vive y frente a la necesidad de respuestas precisas, se vuelven vacuos. Cierto es que no hay decálogo que escape a la idealización, pero como mínimo se espera un hilo conductor que lo haga coherente. Al respecto podría decirse que López Obrador tomó una madeja para entregarle una maraña a las personas, no sólo por la mezcolanza de temas y propósitos dispuestos en cada enunciado, sino porque llega a los mexicanos bajo la forma de un ejercicio poco útil en el mejor de los casos, así como increíble y exasperante en la mayoría de ellos. Lo más penoso de los fines del decálogo es que contraviene a la que parecía ser su única intención: dar esperanza.
El decálogo resume lo que ha sido el actuar del gobierno en tiempos de la pandemia: poca claridad, tibieza donde se requiere de una actitud firme y exceso de confianza en una fuerza moral que poco puede resolver. Muestra a una figura que se desenvuelve más y mejor cuando se trata de decirle a las personas cómo ser un pueblo bueno en lugar de cómo echar a andar una estrategia real para resolver la crisis actual por el COVID-19. En el gobierno se insiste en subestimar y hasta en negar esta realidad cuando desde la gente o desde los medios se le confronta. Y con negativa de diálogo, decálogo.
El problema no es que el decálogo reúna consejos espirituales que podemos encontrar en prensa rosa o en redes sociales, sino que deja fuera una realidad que espera verdaderas respuestas. Hoy, el presidente habla con una voz que, aun con todo y un COVID-19 a tope, sigue sin decir lo que los mexicanos están esperando. Con la reanudación de las actividades en todo el país y con este decálogo como cierre del confinamiento, el mensaje del gobierno está claro: dejemos apagada la luz hasta que el coronavirus se vaya. ![]()


