Las preocupaciones se concentran en torno a lo material y monetario, pero las familias no dejan de buscar formas para superarlas…

Las personas han vivido el avance de la contingencia, pero ésta dio un rumbo inesperado, las enfrentó con el incremento de los contagios en los entornos más cercanos, pérdidas de sus conocidos y familiares, así como rumores sobre cambios en sus trabajos.
Ante un panorama poco optimista, entre las expresiones que las familias de la clase media dinámica asocian con seguridad cuando hablan del futuro a mediano y largo plazo están: mantener ingresos constantes, poder comprar los productos que tanto les gustan, pagar sus créditos y deudas, tener la capacidad económica para retomar las salidas o viajes detenidos, no enfermarse o poder curarse rápidamente. Sin embargo, son conscientes de que la seguridad y la construcción de ésta en el tiempo no dependen sólo de su voluntad, actitud y esfuerzo, sino también de otros, desde los tomadores de decisión sobre el costo de la canasta básica en el mercado, hasta los políticos y líderes sociales.
Deseando calmar los ánimos y olvidarse de las preocupaciones sobre lo material, las familias se acuerdan de las actividades e intereses que pasan por la dimensión simbólica y traen satisfacción personal. Aprovechar las exposiciones o conciertos virtuales para armar una agenda cultural y promoverla entre su familia ha sido una salvación para Abigail en Torreón. Aprender a arreglar la guitarra y repasar algunas melodías favoritas se convirtió en un ritual importante para David en Guadalajara. Mientras, las familias de Chihuahua y Chiapas han mantenido las prácticas devotas anhelando como nunca regresar a la iglesia y a la convivencia dentro de sus parroquias. Remodelar o arreglar la casa – actividad observada en diferentes estados del país– ha tenido una función similar, mejorar las viviendas no responde tanto a la necesidad de tener condiciones materiales más aptas o invertir el dinero mientras se pueda, sino más bien a las ganas de mantener la noción del hogar, así como la calidez y unión que éste representa.
Estas prácticas en la contingencia han cobrado dos significados: por un lado, se definen como “aprendizajes de la cuarentena” porque permitieron darse cuenta de lo “esencial” que no pasa por el dinero – aunque inevitablemente dependa de éste—. Por otro lado, representan prácticas de seguridad que ayudan a canalizar las preocupaciones sobre el futuro.
Aunque las preocupaciones y búsqueda de seguridad y control continúan, observar las actividades cotidianas que dan sentido a las familias genera una interrogante, ¿serán suficientes para mantener la estabilidad en su día a día ante una crisis acentuada? Quién sabe. Y para no caer en adivinanzas ni predicciones sobre cómo se reacomodarán o seguirán cambiando los entornos, queda un aprendizaje: ante escenarios y discursos contradictorios, replegarse va más allá de lo físico y tiene un fuerte valor simbólico. Tratar de voltear a mantener los hogares y sus afectos, puede dar nociones de normalidad que van más allá de las pandemias. ![]()


