Cargar con nos[otros]

Ayudar a la familia no se ve como una obligación sino como símbolo de fortaleza y solidaridad, sin embargo, la cuarentena ha evidenciado que hay una carga extra.

El celular de Hugo en CDMX no paraba de sonar: el tío Raúl tiene covid. Ahora la familia se obliga a sumar más estrategias de aislamiento y cuidado. Y aunque decidieron que se iban a “guardar”, prometieron estar en contacto para lo que fuese necesario.

En México, el vínculo y la responsabilidad familiar y social es tan fuerte —sobre todo en la clase media dinámica— que poner en duda la posibilidad de apoyar en situaciones de crisis es atentar contra valores y principios. En general, ayudarse en grupo es normal porque tal y como sucedía en las sociedades más antiguas, para gozar de los privilegios de vivir en comunidad se debe dar el munus —raíz latina que significa un tributo, regalo u ofrenda1 el cual da acceso a ciertos beneficios de cuidado y amparo.

Desde una perspectiva antropológica, en una cara de la moneda el ‘tributo’ ha formado parte de la pandemia de manera positiva. En casos como en Chihuahua se compra a los negocios de vecinos para ayudarlos, en Mérida Cinthia donó una despensa en un grupo de Facebook, en Zacatecas una vecina inscribió a la familia para recibir un apoyo del gobierno y en CDMX Leo llevó a un familiar a entregar una batería que vendieron en internet.

Asimismo, en la otra cara – la que no se expresa abiertamente— hay tensión porque se trastocan visiones y decisiones familiares y personales. En Xalapa Pablo ha tenido que tomar el rol de proveedor económico ante la muerte de Manuel, en Torreón la visita de las nietas justificó una salida a comer, aunque eso significara un riesgo de contagio, en Zacatecas Nancy visita más seguido a Elena porque necesita que su hijo use la computadora para sus tareas escolares. El pedir ayuda no es algo deseable pero sí lo suficientemente necesario. En consecuencia, la ayuda también ha generado un sentimiento de calificación que funciona como válvula de escape o todo lo contrario ante esos “otros”, sean familia o ajenos a ella. Porque con sus actitudes y decisiones imponen una carga que afecta al colectivo; salen sin cubrebocas, reducen los recursos económicos, no administran bien los apoyos gubernamentales porque no han llegado, etc. Esos otros son quienes con sus actos hacen que las restricciones permanezcan por un buen rato y retrasan el retorno a la “nueva normalidad”. Dicho lo anterior, las preguntas inevitables son, ¿por cuánto y cuánta ayuda podrán dar las familias?, ¿cuándo el nosotros se convertirá simplemente en otros?, ¿cuándo los otros verán un nosotros? Si bien no hay aun respuestas claras en lo emocional, la carga percibida se seguirá sosteniendo con la esperanza de que lo que se agote sea el tiempo de la pandemia y no la empatía colectiva.


1Citado en Preciado, Paul. 2020. “Aprendiendo del virus” última revisión 9 de junio de 2020 a las 15:40 https://elpais.com/elpais/2020/03/27/opinion/1585316952_026489.html