La (ir)responsabilidad social

Se han reactivado los discursos sobre la responsabilidad social y en el centro de atención están los grandes comercios y negocios.

Las familias formaron un ideal utópico sobre cómo las empresas deberían de actuar en la nueva normalidad, a partir de las historias escuchadas o vividas en carne propia y en las noticias que expusieron decisiones ejecutadas por diferentes negocios. Sin importar su tamaño o giro, se espera que sigan funcionando, que no corran a sus empleados, que les permitan trabajar desde sus casas, que no les bajen los sueldos y que tomen todas las medidas de prevención recomendadas.

Entre los más “irresponsables” se encuentran supermercados y comercios tipo departamental. Se critica que siguieron trabajando, aunque su oferta no representaba lo “esencial” en su totalidad ni tampoco vigilaron la sana distancia; las familias toman en cuenta el componente social, opinando que no se preocuparon por la salud y la economía de sus empleados, al obligarlos a trabajar con recorte de salario o al despedirlos.

Esperan que estos negocios, al ser instituciones consolidadas legal y económicamente, no sólo muestren empatía con manifestaciones como “salva vidas, quédate en casa”, sino que también tomen acciones tangibles para proteger a su gente y sus clientes. Esto genera un tipo de balanza donde las críticas bajan al considerar noticias como los horarios escalonados para la reintegración al trabajo, la repartición de despensa entre los trabajadores – como se ejecutaron en un restaurante en Torreón—, o cuando en las cajas de Chedraui en Xalapa se mantuvieron alcancías para reunir dinero y entregarlo a los adultos mayores que ocupaban el puesto de ‘cerillos’.

En el caso de los negocios del barrio, el compartir los códigos culturales, las preocupaciones y las mismas expectativas cotidianas, los hace tener una relación más cercana con los clientes. Permite que las personas comprendan a los negocios y que interpreten sus medidas como acciones para protegerse mutuamente. Estos negocios entran en la definición de “esenciales” y permiten resolver las necesidades al instante. Sin embargo, que sean social y culturalmente más cercanos, no los salva de la exigencia de las mamás que observan si en los locales que frecuentan todos llevan cubrebocas.

En medio de ambos, los más cercanos al ideal utópico, están los OXXO: dejan a sus consumidores seguir resolviendo las necesidades “esenciales” y de manera inmediata, mantienen las puertas abiertas y el personal intacto atendiendo detrás de la placa protectora y ofreciéndoles gel antibacterial. Parece que esa fue la clave de su éxito en la contingencia: proveer límites y limitaciones. Asumiendo que el estándar establecido es difícil de alcanzar, es probable que las personas sigan evaluando la responsabilidad de empresas y negocios a partir de esos criterios centrales: la empatía con la necesidad de distanciamiento social, la cercanía cultural y el tamaño comercial del negocio.