Ahora que la cuarentena está por terminar desde lo oficial, se constatan ciertos cambios que las familias han implementado en su vida cotidiana.

La llegada del coronavirus fue disruptiva: virus nuevo, contagio exponencial, mortandad y parálisis mundial. Todo en muy poco tiempo. En este contexto de exigencia de cambio, la sociedad mexicana se ha visto obligada a adaptarse. La cuarentena, como periodo de transición, logró que incorporar y modificar comportamientos sea algo habitual para acoplarse a las condiciones del COVID-19.
La pauta básica es el uso de cubrebocas, gel antibacterial y la sana distancia, aunque sea de forma intermitente. Hoy se tiene interiorizado que estas medidas se deben tomar en la vida cotidiana para evitar posibles contagios, aunque no guste. Se tendrán que seguir en el trabajo, en las plazas, en el transporte público, con los vecinos y con los familiares.
Las compras tuvieron cambios entre las intenciones personales y el acatamiento social. Fuera para “mantenerse sanos”, por el desabasto temporal de productos, o por la subida de precios, fue difícil sostener el consumo como antes. Una visita al supermercado ya no es igual porque aumentó la vigilancia sobre el cuidado colectivo: toman la temperatura y no dejan ingresar sin cubrebocas. Álvaro en la Ciudad de México, observa que las personas hacen sus compras con distintos tipos de protección, pero no siempre respetan la distancia en la fila del jamón.
Con tal de poder seguir trabajando y generando ingresos se han modificado dinámicas en diferentes niveles para poder laborar como se debe hacer hoy. Hay quienes trabajan fines de semana cuando antes no lo hacían, otros se adecuaron a la tecnología y el mundo digital, otros más, diversificaron el comercio iniciándose en la venta en línea. Ahora Cinthia en Mérida vende bolsas y zapatos vía redes sociales; en Puebla, Vero tuvo que dejar el local donde atendía y hoy da servicio a domicilio con dos citas máximas al día, con ropa y calzado que ha destinado para salir a la calle. Se hace lo mismo y aunque el valor del trabajo no cambia, sí lo hace su entrega y la experiencia del servicio.
Para ejercer oficios y profesiones también se ha tenido que dejar de lado lo que hasta ahora se creía imposible. Para los maestros, la forma de enseñar se hubo que reconfigurar, pues se tuvo que asimilar que la modalidad a distancia era legítima, aunque no idónea. Aunque no todos tuvieron la tecnología como Horacio, quien es maestro en una comunidad indígena chiapaneca. Y en Chihuahua, hasta para poder dar serenatas Angélica tuvo que adaptarse: la imagen de un mariachi con cubrebocas en otra época habría atentado contra el oficio. Es difícil pronosticar qué tanto de estas nuevas conductas se convertirán en hábitos permanentes o si el coronavirus está dando lugar a una nueva sociedad. Lo cierto es que hoy, la adaptabilidad es un recurso para evitar riesgos en lo físico, en lo social y en lo económico. Los mexicanos han entendido que es imperante ajustarse a las nuevas condiciones para integrarse en un entorno que ahora se comparte con una amenaza microscópica. ![]()


