¡Hay que subir las ventas!

Los comerciantes son un grupo de los más afectados por la cuarentena, pero ¿qué necesitan para levantar sus ventas?

Cuando se habla del regreso a las actividades, los comerciantes expresan que la pausa sólo la vive parte de la población, entre ellos, muchos clientes. Desde el comienzo han buscado la manera de mantener sus ventas, por ejemplo, al diversificar el giro del negocio ofreciendo “productos de novedad”. Quienes no tuvieron esa posibilidad notan el alza de precios, lo que significa que “productos más caros, son menos ventas”.

Dicho lo anterior, los programas sociales cobraron relevancia en este escenario por los beneficios que ofrecen y las dificultades para acceder a ellos. En el caso del programa Crédito a la palabra, los comerciantes consideran que funciona como vitaminas pues otorga montos suficientes para que un pequeño negocio reanude sus ventas y además permite que las personas de la localidad sean testigos del impacto positivo que genera. Como Manuela en Chiapas, que observó cómo una tendera cerca de su casa pudo resurtirse al recibir el apoyo, lo que también la beneficia porque ya no debe ir más lejos para hacer sus compras, generando una percepción de beneficio en cadena.

Y aunque en primera instancia los programas parecen positivos, se señalan los conflictos, como la falta de divulgación o claridad para ser beneficiario. Algunas personas que no accedieron a este apoyo asumen que es su responsabilidad por no indagar en el funcionamiento o por percibir un trámite complejo. Otros más creen que quedaron fuera por el enfoque con en el que se evalúa a los comerciantes, “la formalidad” y ser “fijos o no fijos” son parámetros que los deja fuera. Este fue el caso de un comerciante en Chihuahua, que, aunque paga plaza puntualmente y se considera formal tras 8 años de vender, le negaron el programa: “me dijeron que no porque era ambulante, ¿pos qué tiene?”

De ese modo, una herramienta que parecía pública también se cerró a la gente. No obstante, como reactivar el negocio es la prioridad, la industria privada es considerada en casos como el empeño. Saben que ahora están prestando por debajo de lo habitual, pero es viable por ser cercano, fácil, rápido y no burocrático. El empeño les responde ante una necesidad objetivaque le dará unas semanas más de aire al comercio.

Las personas están malabareando el futuro de sus negocios, entre ventas bajas, búsqueda de herramientas financieras y la vigilancia pública para laborar. Tal parece que el comercio en la pandemia se ha convertido en un modelo de excepción que más que relajar los candados, ha fortalecido el orden con la “sana permisividad”. De modo que, muchos comercios que viven en la “informalidad”1 y la no consideración, queden fuera del tablero de programas gubernamentales. Entonces, las instituciones privadas, ¿pueden tener un enfoque más incluyente con ellos?


1 En Bitácora Social hemos observado que las personas generan un significado diferente sobre la formalidad. Desde la visión técnica y oficial, la informalidad es equivalente a no tener acceso a una institución de salud a través del empleo o si la actividad comercial o empleo no lleva ningún registro contable o no se hace un pago de impuestos, entre muchas otras más consideraciones. No obstante, las personas definidas bajo ese sector definen su formalidad como una actitud y una responsabilidad con el trabajar; se es formal colocando el local móvil de jugos todas las mañanas a la misma hora, se es formal acordando garantías de palabra, se es formal al hacer un refrendo del trabajo, etc. La formalidad se ejecuta como un compromiso con el trabajo y el cliente.