La “nueva normalidad”: la irresolución

Ahora que la “nueva normalidad” está por echarse a andar, los mexicanos prevén lo que pasará una vez que “nos den permiso de salir”.

Regresar a las ocupaciones regulares era algo que los mexicanos ansiaban desde hace semanas. Muchos planes estaban en mente, como retomar las actividades laborales, visitar a la familia y los amigos o salir de vacaciones para extirpar el estrés del encierro. Se creía que, una vez finalizada la cuarentena: todo sería como antes.

No obstante, cuando las autoridades comunicaron el regreso a una “nueva normalidad”, surgió una pregunta: ¿qué significa eso? El término más que dar claridad, generó dudas sobre los riesgos y la poca estrategia que representa un cubrebocas. Después de algunas cavilaciones hay una conclusión: regresar a esa normalidad no será hacer lo que antes, porque la única afinidad que es la enfermedad implosionó las diferencias geográficas, sociales y laborales del país.

Aún no está claro cómo podrán salir las personas, pues saben que lo que ocurre localmente es diferente a la instrucción federal; oportunidad que las administraciones locales tendrán para transformarse y generar confianza a través de las diferencias. Mariana de Chihuahua, por ejemplo, piensa regresar a misa con cautela y que su esposo trabajará regularmente de nuevo; en Oaxaca, Silvestre confía que su familia tomará las precauciones necesarias para evitar enfermarse. La gente confía con el “corazón” el ser ordenados y obedientes, pues creen que retomarán su vida, aunque se sigan cuidando.

Otros creen que es una contradicción porque no entienden cómo es que habiendo municipios que están en “rojo”, se permita que las personas salgan a las calles. A través de lo que ven en las noticias refuerzan la idea de que no se deberían reactivar las labores en el corto plazo, porque los contagios y las muertes van en ascenso. En este caso, la solución para Alin y Álvaro de la Ciudad de México es mantenerse aislados, ellos no piensan salir hasta agosto o septiembre, y lo harán con medidas extremas de cuidado. Quienes tienen estudiantes, como Manuela en Chiapas, aseguran que, aunque abran las escuelas, quizá no envíe a su hijo para evitar exponerlo al contagio. Mejor “desobedecer” el permiso de salir, si no hay garantías de cuidado. 

Más que paradójico, lo que se aprecia es una inquietud creciente porque lo que se espera, en realidad, es una inconsciencia colectiva. Hay desconfianza y recelo de los otros, de los que desbordarán las calles sin las medidas de precaución adecuadas, porque si no lo hicieron antes, menos ahora. El común denominador es el temor a que el coronavirus nos rebase a pesar de los esfuerzos empleados para evadirlo, de ahí que se diseñen estrategias, que al final no se sabe si funcionarán. 

Como especímenes en cautiverio, es probable que algunos esperen desde la ventana esperando la catástrofe de aquello que se desconoce. Para quienes siguen saliendo a la calle, no saben si el aumento de actividad mejorará la economía o empeorará la salud y la situación. Al final, lo que se espera es la irresolución.