Crisis en la socialización del conocimiento

La tecnología es una herramienta eficiente para la transmisión de información, pero no necesariamente para la convivencia colectiva en la educación.

La estrategia que implementó la SEP al promover clases virtuales como alternativa ante el alargamiento de la cuarentena, se sustentó en un ejercicio práctico y audaz apelando a las buenas intenciones y recursos de las familias y de los profesores. Pese a ello, este momento está marcando un hito en la enseñanza en nuestro país, porque parece que solamente se consideró al profesor como instructor de conocimiento – desde una mirada individual— y la ausencia del salón como eso: un espacio. Se creyó que las plataformas y dispositivos tecnológicos serían lo único necesario para instruir al alumno. Técnicamente tenían razón. Pero ante la contingencia nadie se preguntó: ¿Qué pasaría con las dinámicas colectivas que complementan la enseñanza? y ¿qué se perdería sin la convivencia presencial entre compañeros, profesores y alumnos?

Si bien, al inicio de la cuarentena esta iniciativa era una novedad y generó curiosidad para resolver temas escolares desde casa —e incluso puso sobre la mesa los beneficios del desarrollo tecnológico y el aprendizaje—, al modificarse por completo la convivencia escolar, el proceso para hacer colectivo el conocimiento se afectó y con ello, la enseñanza. Expresiones como “no aprendes igual”, “no entiendo la explicación del profesor”, “ahora a quién le pregunto mis dudas”, “creo que estas clases por la compu no sirven de mucho”, reflejaron la inconformidad con el método y la fragilidad de los procesos de asimilación tecnológica.

En usos cotidianos las herramientas tecnológicas son útiles para la interconectividad personal, pero para la educación virtual su eficiencia tiene otros límites. A los docentes les sirven para el seguimiento y administración de tareas, pero al relajarse el sentido de autoridad que vivían en el aula presencial, se comienzan a desesperar. Los adultos de la familia quedan en medio y tienen que ejercer ese sentido de autoridad que antes tenían los profesores; reconocen sus limitaciones pedagógicas y su alfabetización, a la vez que suman la agenda escolar a sus actividades personales, complicando más la situación de resguardo que viven.   

Lo que se ha notado en casa es que, aunque socializar el conocimiento no es necesariamente aprender, es un soporte para otras habilidades que se desarrollan en las escuelas. Tener clases “normales” representa solucionar retos cotidianos: pedir los apuntes a los amigos, pedir explicación de algo confuso, pagar en especie (golosinas o lunch) para poder resolver algún problema de matemáticas o de química, e incluso, tener la “habilidad” de copiarle a la más lista del salón.

El confinamiento ha modificado estas dinámicas y ahora las familias lo están padeciendo porque los estudiantes se las tienen que arreglar de otras formas. Y aunque hay consejos, no se ha logrado reemplazar la colectividad presencial con la tecnología que, por ejemplo, los jóvenes sí socializan con los video juegos o en redes sociales. ¿Será que la enseñanza y el Snapchat son fronteras que no se quieren cruzar? ¿o que la educación en México sólo puede ser tradicional?