A inicios de semana el gobierno federal dio a conocer cuáles serán los pasos a seguir para la reactivación de las actividades económicas, sociales, educativas y culturales dentro de la llamada “nueva normalidad”, la cual comenzará a partir del 18 de mayo. El plan contempla tres etapas para reincorporar a los mexicanos a la cotidianidad después del confinamiento, manteniendo aún las medidas sanitarias para evitar que ocurran más contagios. El anuncio fue visto por algunos como una estrategia nacida por la urgencia de echar a andar la economía del país, aspecto que a pesar de tener una evaluación favorable también deja visos de recelo, pues en algunos puntos de la república el número de casos de coronavirus continúa en aumento. Esto se conecta con la perspectiva generada cuando se pone a discusión lo oportuno -o no- de encaminarse hacia la “nueva normalidad”, donde hay personas que ven en la medida un acto precipitado que podría traer repercusiones negativas, sobre todo para los grupos de población en riesgo. Finalmente, la eventual implementación de tales acciones lleva a cuestionar cuáles son las condiciones de la mencionada normalidad: si ello sólo consiste en habituarse a convivir con el COVID-19 de por medio o si también con la serie de adversidades económicas y sociales que parecen recrudecerse con el paso de la pandemia. ![]()

