La enfermedad tiene presencia al interior de las familias, no por los contagios sino por los efectos en sus interacciones y formas de vida.

Las consecuencias de la pandemia son palpables en el cotidiano de las familias. Con sus variaciones, la enfermedad ya se encuentra interiorizada en el cotidiano, aunque no estén contagiados. La situación laboral no es la misma, se modificaron los hábitos, las rutinas, las costumbres y se espera un regreso a la normalidad progresivo sin perder de vista el no contagiarme y el deseo de no contagiar a los demás.
Si bien las personas están sanas, la comunicación como la conocíamos puede percibirse un tanto enferma. Son evidentes las consecuencias de la falta de contacto a la que el mexicano está tan acostumbrado. Las aplicaciones para estar conectados a la distancia ya son parte de la rutina, de lo normal. Sin embargo, mientras algunas familias lo hacen de manera fluida, para otras las complicaciones aún son evidentes, pero todas necesitan seguirlas usando. Sea por cuestiones de infraestructura o de comunicación, aquello que sirvió para mantener un vínculo ahora comienza a desgastarse. A veces la falla es técnica, no funciona el internet, las impresoras o las tablets y celulares, otras veces lo que falla es la comunicación entre las personas. Por ejemplo, se percibe que los maestros no dan seguimiento, solo ‘dejan tareas’ o no ayudan a los niños lo suficiente.
No obstante, el 10 de mayo se vivió como una manera de resarcir esta falta de contacto cercano. Para las mamás la celebración fue una de las mejores que han tenido. La aseveración pudo haber sido sólo discursiva, un remedio ante el aislamiento, un pequeño escape en el que pudieron olvidarse de la cuarentena. Sin embargo, lo que enalteció las dinámicas, la organización, la disposición del espacio, incluso las emociones en este día tan emblemático, fue el esfuerzo en el festejo, no el COVID-19.
Este día de las madres, el ‘quédate en casa’ se interpretó por las familias como una limitación, no como una restricción. Se limitaron a celebrarlo en el entorno doméstico, pero esto no los restringió a salir a comprarle a mamá o a la abuela comida para darle un gusto. Eso sí, siendo prácticos y con la menor exposición posible, como en Chiapas que fueron directamente por camarones, papas y de vuelta a casa. Pero esta exposición sí tomó en cuenta no solo el contagio que ellos podrían tener al salir, también los contagios que ellos podrían hacer a los demás.
Que existiera mayor reflexión en las consecuencias de sus acciones, pudo coincidir con el día de las madres, con el mensaje reiterativo en medios de no visitarlas por el posible contagio. Sin embargo, así como las fases planteadas por la Secretaría de Salud, el cambio de perspectiva al interior de las familias denota que la situación es dinámica y está en constante cambio, el coronavirus está interiorizado pero los comportamientos a su alrededor se transforman diariamente. El reconocimiento del otro sea o no “de mi familia” como posible riesgo de contagio no solo denota cierto cuidado y reconocimiento de lo que hoy implica vivir en sociedad, sino que podría mostrar un cambio en los mexicanos, en donde la sana distancia antes no era considerada importante. ![]()

