Cuerpo y persona. Relación latente entre naturaleza y cultura

La forma en que se ha trastocado la experiencia social tiene consecuencias en los individuos, sus cuerpos y rutinas que empiezan a develarse.

La experiencia social tiene dos elementos que se acompañan, la corporalidad y la personalidad, que crean la presentación del individuo ante el mundo, cómo se ve, cómo se mueve, cómo se relaciona. Aunque el cuerpo es algo intrínseco que se trata de moldear desde su valor biológico, también tiene una influencia desde el exterior, desde las condiciones culturales que van definiendo cómo debe ser. La corporalidad es la representación del cuerpo desde esa mutua influencia entre la personalidad y la cultura.

El encierro ha desequilibrado la superposición cultural que se tiene sobre esta corporalidad. Se modificó la forma en que las personas se relacionan con acciones cotidianas biológicas y culturales como asearse, ejercitarse, alimentarse, aunque intentan forzar las rutinas que se tenían antes de la cuarentena, para mantener el control que se les va de las manos. Justifican cambios que hacen desde su personalidad, echándole la culpa al cuerpo: “mi cuerpo me exige”, “mi cuerpo me está pidiendo”, “mi cuerpo me reclama”. Comer más o menos, descansar o desvelarse.

Rutinas que perdieron sentido en el encierro pero que se buscan como un llamado a la corporalidad anterior, como algo que se tiene que hacer antes de que termine el confinamiento. Recuperarse de la cuarentena también incluirá deshacerse de la cultura de la cuarentena, que incluye cuerpos diferentes pero justificados desde lo racional, “para qué me pinto el pelo, si no voy a salir”, “empezaré a hacer ejercicio dos semanas antes que termine la cuarentena”, “me baño una o dos veces a la semana, así ahorro”, “para que me levanto temprano, si tengo mucho tiempo”.

Se suspende un cuidado para darle lugar a otro, al que refuerza el sentido del ocio y hace que las personas se reencuentren con su cuerpo sin la exigencia social. Se llenan de gratificación y hedonismo, aunque después la culpa por el aletargamiento busque recuperar lo normal. Dormir hasta tarde por gusto y al otro día tratar de despertar temprano, dejar que la personalidad elija o que “el cuerpo mande”. Como si no se pudiera, aunque se desee, renunciar al hábito “normal” de madrugar por riesgo a no funcionar igual después de la cuarentena.

Quienes mantienen ciertas rutinas de cuidado de su cuerpo -horarios estrictos, ejercicio, arreglo a detalle, restricciones alimentarias- no visualizan la desconexión entre esto con la restricción actual. En esta cultura de la cuarentena, mantener esos hábitos rompen con la normalidad del confinamiento y se convierten en actos de sacrificio porque realizarlos conlleva un doble esfuerzo, ¿será esta la razón de hacerlas tan presentes en redes sociales y mostrarlas?[1]


[1] «El cuerpo es una representación simbólica, no una realidad en sí misma, de ahí la mirada de representaciones que busca darle un sentido y su carácter heteróclito, insólito, contradictorio de una sociedad a otra». Le Breton, David, Antropología del cuerpo y modernidad, Nueva Visión 2002, Buenos Aires, pag.13.