Ante tanta información, mayor comunicación

Hay mensajes en lo cotidiano que llenan espacios cuando se apaga el deseo de informarse de la contingencia.

Cuánta información es demasiada información. Quizá no haya estadística que lo defina; cada persona, cada familia siente y sabe cuando ya es suficiente. En esta última semana, las noticias sobre el coronavirus y todo lo que lo rodea rebasaron el límite de lo que las familias consideran necesario, sano y justo saber. Por ahora, ya es demasiada información.

A mí me gustaba informarme en las noticias y era más cómodo (…) si realmente me pusiera a ver todo lo de la contingencia, no acabaría”. Ya no ven tanto las noticias, pero, algo ha llenado ese tiempo pues las familias siguen estando en casa, con sus mismos deberes y con sus mismos pensamientos. ¿Qué, entonces, ha llenado el vacío que dejó ese consumo de información?

Al parecer, las personas en casa se comunican más. Hablan más, comparten más, se conectan a llamadas más y, en general, platican más. Como si hubiera una necesidad de que la comunicación llenara vacíos, en Puebla se habla con la familia de Chicago tres veces al día, en Chiapas se habla a Tijuana para saber cómo va el embarazo de la hija, en Guadalajara se conectan las amigas del gym para ponerse al día y en Chihuahua hasta se arma la carne asada para juntar a la familia. Esta sensación de comunicar y estar comunicados es una forma de repeler a la información que aturde, es decir, otra manera de alejar la enfermedad que por varios medios ha entrado en su cotidianidad.

Pero las familias también comunican de una forma que tal vez no pasa ni por el lenguaje explícito, ni la consciencia o la lógica: a través de mínimas acciones, detalles o decisiones, comunican hartazgo, permisividad, ilusión, ánimos, preocupación. Y esta es una forma adicional de crear nuevas realidades, aunque sean en el espacio del hogar y no tengan eco, por ahora, fuera de este.

Esta comunicación simbólica y codificada en el día a día, se ve en la sala desacomodada porque se volverán a acostar al ratito, en usar gorra dentro de casa para generar la ilusión de que se hace algo de actividad física (porque se usa con pants), en dejar la comida sobre la mesa para estar picando todo el día, en el celular que se deja en el cuarto para no distraerse, en el niño que puede usar los productos de limpieza, en la niña que anda en bici en la sala, en el control de la Smart TV siempre apuntando al dispositivo, en el pollo al lado de la computadora y en que ya no existen platos favoritos porque en algún momento estará sucio y se tendrá que usar otro.

Peinarse, ponerse perfume, voltear seguido a la alacena y ahorrarse un grito son formas de comunicar y de precarizar la información. Identificar lo que no se dice, pero comunica, es ponerles palabras a las acciones. Entre más acciones, más disposición de comunicar y de llenar huecos que antes eran cubiertos de otra manera. Tal vez en la risa que se escucha en Torreón se esconde un secreto que nada tiene que ver con la contingencia pero que fue provocado por esta.