Los límites y las limitantes de la bioética mexicana

Ante el creciente miedo de la población a enfermarse, la guía bioética pretendía dar más orden a la atención de la pandemia, pero los debates que provocó generaron lo contrario.

A mediados de abril el Consejo de Salubridad General tomó la tarea de presentar el borrador de la Guía Bioética, donde se abordaron las instrucciones sobre el manejo de los recursos humanos y materiales de forma más eficiente y la toma de decisiones para atender a los pacientes con COVID-19. La guía ha vivido varias modificaciones[1]; en el transcurso de su (re)formulación se han revelado tres aspectos demostrativos para comprender cómo la sociedad mexicana, con sus características socioculturales, se enfrenta con la pandemia.

El primero está relacionado con las percepciones de la igualdad. En la versión inicial de la guía la población mexicana se dividió en cinco grupos basados en la edad, con la instrucción de priorizar a los pacientes más jóvenes y aquellos que no padecen enfermedades crónicas. Esto en automático deja “fuera de la cancha” a los pacientes de tercera edad, así como a la población que padece de diabetes. Surgen varias dudas e interpretaciones al respecto: ¿quiénes serán los eslabones que unen a las familias, si van a dejar morir a nuestros abuelos? ¿será que la guía es una forma en la que el Estado rechaza asumir su responsabilidad con los grupos vulnerables de la población? La solución se encontró en una modificación a la guía que apela a los discursos de igualdad a indicación de ser transparentes en la toma de decisiones.

El segundo aspecto va de la mano con la protección de los trabajadores del sector salud. Apelar a la igualdad y a la inclusión ayudó a reconciliar a los involucrados en formular la guía entre sí y con la población mexicana. Pero dentro de cualquier regla hay excepciones. En este caso, la excepción son los trabajadores del sector salud, quienes sí se atenderán de forma prioritaria al encontrarse en un estado grave a causa del virus. La decisión parece comprensible, pero ¿cuál es el argumento detrás de esto? ¿motivar a los médicos a hacer el mejor esfuerzo para atender a la población? o ¿reconocer y recompensar el riesgo al que se exponen?

Por lo último, peripecias y desacuerdos detrás del trabajo en la guía han revelado las deficiencias institucionales que padece México. ¿Quién forma parte del Consejo de Salubridad General? ¿Por qué esta institución se encargó de definir cómo los médicos deben tomar las decisiones sobre las vidas de sus pacientes? ¿Por qué los representantes de la UNAM, CONAPRED y Organización Panamericana de Salud no fueron invitados para armar la guía, pero sí, tomados en cuenta tras la decisión del juez federal de invalidar o reformularla? Como reflexión final, ¿por qué la protección de las vidas humanas debe dar vueltas y responder a tantos intereses políticos de por medio?





[1] El seguimiento a estas modificaciones se puede rastrear en las páginas de El Universal, Jornada y Animal Político, mientras la versión actual de la Guía se puede encontrar aquí: https://www.gob.mx/salud/conbioetica