A estas alturas de la cuarentena, los temas personales cobran relevancia. En lo individual, interiorizan lo que están viviendo y evalúan qué pasará cuando retomen su vida.
El alargamiento de la cuarentena hasta el primero de junio ha dejado un ánimo de zozobra en muchos mexicanos, sobre todo en aquellos que no tienen un ingreso fijo. Esto es inherente a cualquier sector productivo al que se pertenezca, desde un vendedor ambulante hasta una mujer que vende por catálogo y que ha visto mermada su venta por la cuarentena. Pero esta sensación de preocupación también la están viviendo un arquitecto que es freelance y condiciona sus ganancias, comisiones y facturas por proyecto; y la terapeuta profesional que depende de los pacientes que conserva y las sesiones que les ofrece.
La inquietud que se está generando en estos mexicanos, proveedores de productos y de servicios principalmente, los está conduciendo a repensar las cosas que hacían para generar ingresos y comienzan a imaginar escenarios. Se preguntan qué pasará con ellos, con sus habilidades laborales y su capacidad profesional cuando termine la cuarentena. Estas reflexiones muy personales generalmente no se comparten. Porque frente a la familia se privilegia una dinámica de redistribución de roles, pero sobre todo de unión ante la adversidad en esta contingencia sanitaria. Antes, lo personal estaba subordinado a lo colectivo, pero ante el alargamiento de la crisis sanitaria se empieza a mostrar cierta vulnerabilidad individual.
La familia se mantiene unida pero sus integrantes dejan ver las necesidades, preocupaciones y decisiones proyectadas para el siguiente par de meses: estrategias nuevas que deben implementar ante adversidades que los orillan a innovar. Hombres y mujeres por igual tienen sensaciones de inseguridad sobre sus propios compromisos económicos. Y lo curioso es que su sentido de futuro está enfocando en cuestionarse ¿cómo actuarán cuando se regrese a la “normalidad’?, ¿cómo seguirán siendo proveedores para sus familias?
Esta necesidad de reinventarse busca darle vitalidad y potenciar su individualidad ante la incertidumbre en la que viven. Por otro lado, están los que saben que no se verán tan afectados con esta crisis porque tiene un ingreso seguro y han logrado mantenerlo. Pero, aunque no les estresa el futuro de la misma forma, también se les nota aletargados. Comienzan a aislarse para no estar 24 horas conviviendo con el resto de la familia. Hacen un doble resguardo: no sólo están en casa, sino que buscan momentos individuales, de introspección. Se ponen en pausa, se encierran en sus cuartos en búsqueda de espacio personal, o se pierden en los smartphones y pantallas personales. Incluso leer un libro o iniciar alguna manualidad es una forma de buscar estar sólo en el aislamiento.
Ponerse en modo de pausa al parecer es vital para respirar hacia adentro y no perder su sentido de individualidad. Es un contrapeso a la desesperación que comienza a asomarse en las dinámicas familiares. ![]()


