Entre la palabra y el honor: la solidaridad selectiva

Al terminar la cuarentena, cuando se regrese poco a poco a la cotidianidad, se verán realmente las afectaciones y se pondrá a prueba la solidaridad de la que hoy se hace alarde.

Como contraparte del acuerdo que el Consejo Mexicano de Negocios (CMN) y BID Invest anunciaron para facilitar el financiamiento de las cadenas productivas y apoyar a las micro, pequeñas y medianas empresas (MiPyMes), el programa crédito a la palabra ya empezó esta semana con la dispersión del dinero para las microempresas familiares dadas de alta en el IMSS y que no despidieron a ningún empleado.

En este programa y en su comunicación resalta el énfasis que se le da a la palabra “solidaridad”. Se está agradeciendo y reconociendo a las microempresas que no despidieron a ningún empleado en esta contingencia, a las que “fueron solidarias”. Y resalta porque lleva un subtexto, una doble interpretación o, incluso, un “castigo” a aquellos que no apoyaron a sus empleados -y al gobierno-. Es decir, se reconoce la solidaridad a modo. Esto puede generar también un debate entre lo que necesitan los microempresarios para mantenerse en el contexto de la contingencia frente a lo que podría hacer el gobierno para ayudar a los más vulnerables. Sobre todo, la persistente demanda de implementar medidas más claras desde el gobierno para la reactivación económica del país.

Aunque este apoyo da un respiro, se considera solo paliativo. Es una medida cortoplacista que servirá para suavizar la situación, pero no solucionará los estragos ocasionados de fondo, incluyendo a aquellos microempresarios que la contingencia afectó al punto de despedir o dejar de pagar la nómina a sus empleados. ¿Son suficientes veinticinco mil pesos para mantener a flote una empresa familiar en los próximos meses, con rentas, sueldos, pago de servicios y -de haberlos- de créditos previos?, ¿Por cuánto tiempo?

La solución debería ser multifactorial, como lo es el problema. En consecuencia, se requiere solidaridad en todos los niveles. Mientras se habla de “moditos”, es curioso seguir observando que cada uno, desde su trinchera, busca el mismo protagonismo. La solidaridad se pierde porque la empresa privada se expresa con un supuesto conocimiento y capacidad superior a la del presidente y, este, tratando de ser reconocido como tal, continúa tratando de poner en su lugar a los otros.

En la pelea enfrascada entre lo privado y lo público, a los únicos que les toca ser solidarios son a los mexicanos de a pie, aquellos que pagan sus impuestos. A esas empresas familiares que contratan a sus empleados con seguridad social y a esos mexicanos que van al día. Tal vez por eso se apela al honor, a la palabra de las personas que harán el pago del crédito, por sobre las adversidades venideras. Y cómo no hacerlo, si se observa que buscan no fallarle a los suyos con el esfuerzo que hacen todos los días con o sin coronavirus.