
Ante actos aparentemente incomprensibles se buscan explicaciones y algunas se pueden encontrar en el mismo imaginario del mexicano.
El subsecretario López-Gatell habló sobre los ataques al personal del sector salud y los definió como “sentimientos básicos [de] temor o enojo hacia el personal que los protege”. Pero estas acciones, ¿tendrán un trasfondo social más profundo? Siguiendo su discurso, que parte de una explicación psicológica, habrá que considerar que el miedo y el enojo suelen generar altos niveles de presión que necesitan ser canalizados adecuadamente para no explotar en violencia, como una olla exprés. Entonces, ¿qué es lo que ha acumulado el mexicano para explotar de esa manera?
Se plantean dos respuestas iniciales. La primera obedece a que las agresiones ejemplifican que se puede actuar impulsivamente en un entorno donde el miedo pasa por encima de la empatía, pero sobre todo por encima de la educación. La brecha sociocultural se vuelve evidente y acentuada señalando que las creencias y los aprendizajes que más valora el mexicano son los que se enseñan en casa, porque son éstos, y no los que se aprenden en las escuelas, los que permiten reproducir los valores que dan identidad.
La segunda y quizá la más compleja, es que el sector salud es parte de las instituciones en donde la clase media mexicana deposita su valoración de la ineficiencia. Lo que no es bueno, no es suficiente y debería ser mejor. Desde mucho antes de esta contingencia, el sector ha sido protagonista de diferentes señalamientos de la opinión pública que van desde denuncias por su mala atención, hasta sacar a la luz casos de corrupción en diferentes niveles de gobierno. Ante esta constante desacreditación se podría pensar que ¿las víctimas de los ataques simbolizan el coraje por las carencias sistémicas del sector?
También vale la pena preguntarse si no es un síntoma más de una enfermedad social de un país que agoniza. El sector salud es una pieza más de los muchos deterioros sociales con los que México llegó al 2020 y las causas se buscan en lo político, en lo institucional e incluso en lo histórico. Pero los síntomas se replican en la violencia de género, en la delincuencia organizada, en la corrupción.
Ante este escenario, el COVID-19 ¿podría ser una oportunidad de mejorar y comenzar a sanar la relación del mexicano con el sector salud y otros sectores? La opinión pública pidió sanciones severas a los agresores. Las legislaturas locales no tardaron en actuar en consecuencia y Oaxaca se convirtió en la primera entidad en castigar actos de esa naturaleza durante la contingencia, hasta con seis años de cárcel con un contundente mensaje de respaldo a los servidores de salud.
Del lado de los ciudadanos frente al sector habrá que restaurar el respeto al derechohabiente, al enfermo y a sus familias, pero también identificar cómo dentro de lo más humano – la relación entre la vida y la muerte – se puso en evidencia que un uniforme, un puesto, nos permite vernos con distancia y justificarnos como diferentes. ![]()
