El tiempo hoy parece más extendido, por lo que necesita ser llenado haciendo algo. De esta manera, la casa es el espacio donde la productividad y el ocio conviven, eso sí, cada uno en su debido momento.
En Cancún, Tina y Karen decidieron utilizar su tiempo para hacer tareas de costura. Nadie se las asignó, ni son obligadas y quizá tampoco necesarias. Contentas pasaron varios ratos haciendo ajustes y composturas a su ropa, al igual que a las cortinas, manteles y fundas para almohada.
El ejemplo de Tina y Karen es similar al de millones de mexicanos. Ante lo que pasa, la opción recomendada-obligada es esperar hasta que todo vuelva a la normalidad. Sin embargo, no sólo se trata de tener paciencia, se trata de saber qué hacer durante la espera.
Parece que para las personas es necesario constituir un nuevo ritmo, de modo que -aún enclaustrados- estén claramente marcados los ratos para “darle” y los ratos para merecer.
A medida que avanzan los días, las personas juegan con su rutina: unos la reproducen con simpleza, otros la exageran; hay quien le suma cosas nuevas; también está quien la rescata y arropa. El caso es que siempre exista algo pendiente por hacer.
Lo que pasa hoy es que los mexicanos, lejos de detenerse a mirar el reloj, buscan asimilar la espera, pero no a través de la paciencia, sino de lograr que su tiempo en el confinamiento no sea algo perdido, sino productivo. Las personas se dedican a esperar haciendo. Esta espera activa se mantendrá, adquiriendo tantas formas sea necesario. Lo que importa es que la familia no se enfríe, pues lo importante es seguir andando. Así, además de las formas más comunes de quehacer, también hay oportunidades para hacer cosas diferentes. Por ello vemos a alguien en San Luis Potosí que ayuda a su sistema inmunológico haciéndose jugo de naranja y acompañándolo con pensamientos positivos; en Mérida hay quien se creó una rutina de oración para encontrar paz. Igual hay quien se exige más, innovando en la cocina o haciendo pozole entre semana, como pasa en Puebla.
Utilizar el tiempo de la espera también lleva a la administración del ocio y la resignificación del gusto y el antojo. Por eso alguien se dispone a ver películas con soda y papitas en Chihuahua hasta después de hacer algo, porque sólo así es que se justifica el merecer, con la previa actividad desarrollada en casa. También hay quienes se recompensan en Xalapa comprando una caja de vino para degustarla en pleno abril y no hasta diciembre, como normalmente se hace. ¿Y por qué no? Si quizá el momento de ocio, como el gusto y el antojo, pueden ser premios sólo por aguantar el encierro.
La espera que se vive lleva al mexicano a lo que Penélope en la Odisea: urdir, tejer, destejer y volver a comenzar. En este acto, el mexicano se hace y se deshace a sí mismo. Queda la gran incógnita de cuál será ese tejido con el que recibirán a su Odiseo, la cotidianidad, cuando por fin esté de vuelta en casa. Ante las dudas sobre lo que viene, hay una acción que seguro permanece: los mexicanos esperarán haciendo. ![]()
