Muerte social, más letal que el coronavirus

Preocuparse por la enfermedad y la salud de unos se suma a lo que ocurre por el aislamiento en casa: fragilizar los roles sociales que fortalecen a las personas.

Es un lugar común decir que los mexicanos se ríen de la muerte. Que la caricaturizan, incluso que la desafían. Aunque la letalidad del virus es baja, la muerte es parte fundamental de lo que se avecina. Lo más dramático e incontrolable de la pandemia, según se anuncia en las noticias, es el número de muertos y que afecta mucho más a los adultos mayores. Nuestros abuelos. 

Para las personas es complicado comprender las métricas, mil infectados, ¿es poco?, ¿es mucho? 37 muertos, ¿en dónde? Eso no evita que el miedo a la muerte invada a las personas cuando voltean a ver a los miembros del hogar. No es la muerte propia, sino la de los otros. Algunos abuelos comienzan a hacer peticiones para su funeral y los nietos no quieren decirles que esto es imposible para las víctimas de COVID- 19 porque no quieren angustiarlos más.

Y, por si fuera poco, se suma otra muerte. La que atenta contra los roles de proveeduría, pues se está poniendo en jaque la capacidad de cubrir los gastos de casa y es una reacción en cadena. “Si mi chamba ya no nos da para comer, ¿para qué sirvo?” Las personas le tienen miedo a la muerte social. A su papel en sus contextos. La presión del grupo aumenta, porque por más que se desee apoyar, algunos ya perdieron su trabajo. El estrés crece y el ánimo baja. Es un instinto de supervivencia, pero no precisamente desde una mirada biológica. Los que fueron por muchos años guardias de seguridad, ahora no son requeridos porque todo será cerrado. La muerte de las calles vacías se percibe cuando los motores de los taxis no se encienden porque es más difícil levantar pasaje.

“De un día para otro”, se fracturaron los planes, las vacaciones, las compras, los proyectos. Como no se organizan más fiestas, meseros, cocineros, cantantes y hasta el que renta los inflables se quedaron sin eventos, sin ingreso. Antes tenían hasta 3 o 4 por semana. Sin embargo, en la tormenta lo que no muere es el compromiso con la familia porque hay que aportar, pero aún no se sabe cómo. Aunque estén en la misma casa, no pretenden vivir sin intentarlo y sin apoyar a mamá que da a todos de comer. 

Y si no saben cuánto durará la contingencia, lo que sí tienen presente son las deudas. Se sabe cuánto se debe en tarjetas departamentales y créditos. Laura de Puebla ya renegoció la bolsa que le compró a pagos a la vecina, ya se están arreglando. La amiga aceptó porque todas sus clientas le devolvieron lo que habían pedido de los catálogos el mes pasado. Las familias se están adaptando lo más que pueden. Reorganizan la renta, las compras, incluso quién absorberá la deuda para apoyar al hermano que se quedó sin trabajo. 

Dicen que tienen disposición y las ganas para trabajar no faltan; lo que pasa es que hay menos gastos. Aprovechan el tiempo antes de lo que suponen podría suceder, porque dicen que después del 19 de abril vendrá un toque de queda y en la fase 3 se va a poner peor. Y ahí, ya ni cómo hacerle.