Costumbres e incertidumbres. Las familias orientando su cotidiano

La perspectiva inmediata no se construye a partir de lo que se deja de hacer, sino de lo que sí se puede mantener y controlar en el día a día.

¿Cuánto tiempo creen que durará? El tiempo va pasando, ya no es abril, algunos hablan de julio y otros de agosto. La percepción de que será más tiempo del pensado hace que las personas redefinan su rumbo y las preocupaciones. La cuarentena ya está aquí y el enfoque está en cómo sobrellevar un futuro inmediato incierto y cómo no perder el control de la cotidianidad: las vacaciones se sustituyen por una alberca inflable en casa y el cumpleaños por una reunión pequeña.

Frente a lo que no se puede controlar, se mantienen elementos de bienestar en decisiones intuitivas. ¿La más evidente? El consumo. Se dosifica el dinero al comprar la despensa prescindiendo de algunos productos, se compra un poco más para los días venideros, pero también se cuela uno que otro gustito que significa que las cosas aún no están tan mal.

Otro plan intuitivo dice a la gente que tal vez sería bueno regresar a sus comunidades o juntarse con otros en una sola casa para tener más manos ante una crisis más grave. No es la primera vez que atraviesan una crisis y siempre es bueno tener un plan B.

Quienes tienen ingresos diarios tratan de continuar lo más que puedan antes de que las autoridades o la propia falta de trabajo los haga parar. Quienes tienen un trabajo formal y un ingreso cíclico – incluso por programas sociales— esperan que la contingencia dure lo menos que se pueda para no perder esa seguridad económica.

No expresan que ellos se puedan enfermar – aunque tengan diabetes—, sino que hay que proteger a los vulnerables porque siempre hay alguien más frágil cerca. La información abunda, pero sienten que realmente no los prepara para el contexto. ¿Las medidas son para ellos? ¿Qué tanto pueden seguirlas al pie de la letra? Lo que se puede hacer se hace. Ahorita trabajar unos días más, después sólo uno. Hacer menos paradas hacia la casa o el trabajo para llegar directo porque no hay que estar afuera sino es necesario. Ver por última vez a los amigos y a la familia extensa, hasta nuevo aviso.

En este tipo de ocasiones, la costumbre puede más que las instrucciones. ¿Cómo comeremos separados?, ¿eso también hay que cambiarlo? Si se enferma, ¿cómo lo voy a aislar? Esa es la encrucijada: si tiene más valor apoyarse y pasar tiempo con la familia, ¿cómo alejarse de ellos? Algunos mensajes han sido claros, pero no suficientes. Las familias desean comprender qué pasará, qué hará el gobierno y las autoridades, pero también las empresas y los bancos. Se empiezan a informar entre ellos, a evaluar el panorama, a compartirse remedios, oraciones y explicaciones “especializadas”. Esperan mayor claridad del discurso institucional pero también desean saber cómo instaurar los cambios en su cotidiano, en su contexto, en su municipio, con sus vecinos, con quien enferme. Esperan que la información sea un apoyo y no una limitante, una confusión, que se coordinen entre ellos para poder organizarse en casa.

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